Aquí sufriendo es un testimonio de un año marcado por el coronavirus, pero también un glosario de todos los comportamientos revenidos y toda la... Aquí, sufriendo. #Ranciofacts 5

Si humor es igual a tragedia más tiempo, ¿cuál es la fórmula matemática de los ranciofacts? ¿Cuánto tarda un lugar común en convertirse en rancio? En 2020 hemos aprendido muchas cosas, y entre ellas, que a rancios no nos gana nadie. Mascarillas con mensaje, conspiraciones de chichinabo, diyéis de balcón con insufrible y atronador gusto musical… Si algo sabemos con toda seguridad es que de esta pandemia quizá no salgamos mejores ni más fuertes, pero sí más rancios.

El concepto de rancio ha acabado por sufrir el mismo destino que el de cuñado. De tanto usarse a la ligera, ha perdido por completo su significado. Originariamente, el cuñado era ese que siempre iba de enterado, que siempre venía con el «deja, que tú no sabes», o «pues a mí me costó la mitad» (es curioso, ahora que caigo, que nunca se hablara de las cuñadas). Ahora, el cuñado es cualquiera que aparente saber de algo, el que se aparta de los discursos oficiales o, sencillamente alguien a quien queramos ridiculizar o desprestigiar con la excusa más peregrina. Lo mismo ha ocurrido con lo rancio. Antes, lo rancio eran las cintas de cassette de los bares de carretera, la foto de los niños en el coche con el «papá, no corras» y, en definitiva, todo lo que oliera a cerrado. Ahora, resulta que mandar un vídeo de los negros del ataúd es rancio; hacer un chiste con la cuarentena es rancio; salir a pescar es rancio. Mañana, dar los buenos días o ponerse una bata encima del pijama en invierno será rancio. Al tiempo.

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La idea original de Pedro Vera, creador de esos inmortales cronistas de la España más casposa que eran Ortega y Pacheco, era reflejar en su sección semanal de El Jueves los más manidos tópicos que aún se podían ver y oír en nuestro país. Al principio la idea tenía su aquel, puesto que recogía expresiones, tropos y vicios de años ha, y que la gente se obstinaba en repetir como cotorras. Sin embargo, el margen de tiempo que tarda lo original en convertirse en un ranciofact se ha acortado drásticamente, de manera que lo que ayer era innovador, hoy (literalmente) ya es ineludiblemente rancio. El efecto que se consigue con esta universalización de lo rancio es que, si bien antes podíamos identificar a una o dos personas que encajaban en el perfil, según los criterios de Pedro Vera todos somos rancios. Y si todos lo somos, nadie lo es.

Otro de los problemas de este quinto (5 volúmenes ya de lo mismo, qué cosa más rancia) tomo dedicado a recopilar ranciofacts es que, al estar concebido para ser disfrutado en dosis semanales, su lectura de un tirón se hace pesada y repetitiva. Es como una película de acción consistente en noventa minutos de tiroteos y persecuciones interrumpidas: al final el espectador se aburre por saturación. Lo mismo ocurre aquí: 100 páginas con el mismo chiste repetido (esto es rancio; esto es rancio; esto también es rancio; ey, mira qué cosa más rancia) terminan por aburrir e insensibilizar al lector. Tal vez el error consista en utilizar la palabra rancio para todo: yo no llamaría rancios a los famosos que se hacen fotos en su mansión durante el confinamiento, sino directamente gilipollas insensibles; tampoco llamaría rancio a decirle a la charcutera que te corte el jamón york en lonchas finas (a mí la verdad es que me gustan gordas no he escrito nada). Al usar el concepto rancio para definir lo que no te gusta, le privas de su significado original y oh, sorpresa, eres tú el que se convierte en rancio al criticarlo todo y a todos. ¡Plot twist!

Reconozco que me gustaba más el humor gañán de Ortega y Pacheco. Al final, venía a hacer lo mismo que aquí pero con gracia. Pedro Vera ha descubierto el filón de los ranciofacts y lo está exprimiendo hasta la saciedad, pero la frescura original se ha diluido hasta el punto de perder toda la chispa que tenía. Ahora es rancio decir rancio, al igual que sólo los cuñados usan despectivamente el término cuñado. ¿Llegará un día en que cuñado se convierta en una expresión para insiders, al igual que nigga, que si un negro se lo dice a otro no pasa nada, pero si se lo digo yo me llevo una hostia? Uf, eso ha sonado muy rancio.

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Este Aquí, sufriendo, quinta entrega de los Ranciofacts de Pedro Vera publicados semanalmente en la revista El Jueves desde 2012, resulta una lectura farragosa si se acomete de un tirón, pero enpequeñas dosis empacha menos. Sí que se recomienda tener una mente abierta y no dejarse ofender fácilmente por sus páginas, puesto que, inevitablemente, Vera acabará por criticar alguna expresión que el lector use con mayor o menos frecuencia, o se meta con algún grupo social o cultural que considere con cierto grado de ranciedad y con el que el lector se identifique. Al fin y al cabo, todos somos rancios. Sobre todo tu cuñado. Ese, el que más.

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Antonio Hidalgo

Anteriormente conocido como El Tete, abandonó los sellos y las RCLTG para encargarse de esta web. Y no volvió a mirar atrás. Bueno, algún vistacillo ocasional sí que ha echado.

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