Hay tebeos que merecen estar siempre disponibles para el gran público. Uno de ellos es, sin duda alguna, Agujero negro de Charles Burns, una de las obras más importantes del underground americano que fue editada originalmente por Pantheon Books como una miniserie de doce números entre 1995 y 2004. En España, La Cúpula ha sacado petróleo de esta historia, por algo será, puesto que, su alta demanda, le ha permitido publicarla en grapa, rústica, formato bolsillo, cartoné y ahora, nuevamente en tapa dura, en una edición especial a mayor tamaño con algunos extras. Repito, por algo será.

Ambientada a mediados de los años setenta, Agujero negro es el relato definitivo de la angustia adolescente de una pareja norteamericana de clase media. Pese a que la acción se sitúa en la mencionada década. Los referentes e influencias de Charles Burns van mucho más allá. Cabría destacar el cine de terror y ciencia ficción de serie B de los cincuenta y los sesenta, los tebeos de terror de EC Cómics de esa misma época, las revistas Pulp de los veinte y los treinta, la música grunge de los noventa o las películas de genios como David Lynch o David Cronenberg. Especialistas en deformar la realidad para contar historias mundanas.
En el caso de Agujero negro, Burns se sirve de una misteriosa enfermedad que solo afecta a los chavales. Se contagia mediante el contacto íntimo y las consecuencias son mutaciones de todo tipo y condición. Desde una segunda boca en el pecho, pasando por una cola de demonio o que tu cara acabe pareciendo un flan. Buena parte de la magia la encontramos en que el autor focaliza la acción y el drama en Keith y Chris, conoceremos más personajes, pero estos dos son los particulares Romeo y Julieta de este drama.

No hace falta ser muy listo para darse cuenta de lo poco sutil que es Burns con el tema de las ets en general, y el sida en particular, a la hora de plantear las metáforas sobre las que se sostiene este monumental coming of age. Pocas cosas hay más terroríficas para un adolescente que crecer para tener que enfrentarse al mundo real. Para colmo, se trata de un mundo en el que sus padres (sometidos a la cultura del trabajo propia de la América de la época) son el último modelo que desean imitar.
Desde el comienzo, asistiremos a un viaje fascinante, a menudo pesadillesco. Un camino en el que apenas nos encontraremos con la presencia de adultos, y de hacerlo, es para afianzar más la sensación de que ese no es el camino a seguir. Agujero negro resulta tan fascinante como perturbadora, especialmente en aquellos pasajes narrados en primera persona que nos meten de ello en las confusas psiquis de los protagonistas.
Al final, la enfermedad que asola a los preadultos no es más que una excusa, nada más que un sencillo McGuffin, utilizada para dar voz a la rabia y confusión que, si no me equivoco, también debió de sentir el propio Burns cuando tenía esa edad.

Me resulta complejo valorar en su justa medida un cómic como Agujero negro. Está claro que es un drama, pero también tenemos algunos ramalazos de terror (body horror en concreto) muy bien diseminados a lo largo de la historia. De sus múltiples lecturas también podemos extraer un sentimiento claramente antisistema y anticapitalista.
Ahora bien, creo que el mayor logro de Burns es la manera en la que, con su expresivo trazo, logra hacer hermoso lo grotesco. Su capacidad para plasmar las emociones humanas son la herramienta perfecta para representar el amor y la adolescencia como enfermedades que todo ser humano debe superar pese a las terribles cicatrices que suele dejarnos esa travesía.
En definitiva, si todavía no os habéis acercado a Agujero negro, dadle una oportunidad a la preciosa edición que ha lanzado La Cúpula hace unos meses (con cantos tintados y la inclusión de las portadas originales a color). Os garantizo que, una vez que empecéis a leer, no podréis separaros de la obra.


