Vamos a derrocar al presidente. -Spider Jerusalem El planteamiento a largo plazo que Warren Ellis hizo de Transmetropolitan es modélico. En la primera mitad... Transmetropolitan, libro cuatro

Vamos a derrocar al presidente.
-Spider Jerusalem

El planteamiento a largo plazo que Warren Ellis hizo de Transmetropolitan es modélico. En la primera mitad de la obra se dedicó a presentarnos el mundo en el que se desarrollaría todo, los personajes y el planteamiento general de la trama, además de un buen puñado de números de crítica social de esos que tan bien se le dan. Y ahora, en este cuarto volumen de un total de cinco, ya tenemos todas las piezas en el tablero y es hora de ir atando cabos. ¿La sensación general que da? La última subida antes de la bajada más potente de la montaña rusa. El breve silencio antes de la traca final. La calma antes de la tormenta. Aunque bueno, algo de tormenta también hay por aquí. Vamos a ello.

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Este volumen, aún teniendo espacio para recordarnos las miserias del mundo en el que vivimos, se centra más en la historia que nos lleva planteando desde el principio que en reflexiones paralelas. Dejamos a Spider en el tomo anterior fuera de La Palabra. Había tocado demasiado las narices a demasiadas personas con demasiado poder y un medio de comunicación dentro del sistema no se podía permitir el lujo de no ceder a presiones externas superiores y le pusieron de patitas en la calle. Lo cual no ha acabado con nuestro periodista malhablado preferido, sino todo lo contrario: le ha dado libertad. Ya no se debe a nadie más que a sí mismo y a su obsesiva misión por contar la verdad, caiga quien caiga. Aunque el que tenga que caer sea él mismo. Y aquí tenemos finalmente desatado a esa peculiar mezcla de Hunter S. Thompson con Don Quijote y un Cruzado medieval. Podríamos decir que aquí empieza lo bueno si no fuera porque Transmetropolitan es una puñetera maravilla desde que arrancó tres años antes de lo que podemos leer en este tomo. Y si Spider tiene su tradicional colección de momentos de gloria, aquí tenemos el primer gran lucimiento personal de Yelena Rossini, la asquerosa ayudante de la que quedamos prendados casi desde su primera aparición.

¿Y en qué punto de la historia estamos? Spider, al que toda una vida de excesos químicos, mecánicos y sensioriales está pasando factura, ya ha dejado de ser una simple molestia para el Sonrisas. El sociópata que sucedió como Presidente a la Bestia -ayudado por el propio Spider, que no sabía la que se le venía encima- ya está harto de que el único periodista honesto de la ciudad le ataque con la verdad y con datos probados. Así que hace lo que se espera de un perro rabioso al que le dan un palo: contraataca. Espera, esto es demasiada fantasía ya, ¿no? ¿gente que puede dar datos que le resulten más incómodos de la cuenta al gobierno y muere en extrañas circunstancias? Eso nunca pasaría en el mundo real, ¿verdad? Una vez más: ESPERA, QUE ME DA LA RISA.

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Entre los números que nos pegan un mazazo en las tripas recordándonos la sociedad tan podrida en la que vivimos tenemos en este tomo el número 40 americano, Tema, centrado aquí en el asunto de la prostitución, y uno de los puntos álgidos de la serie. Para que consiga removernos un poco más la conciencia, nos lo cuenta centrado en el mucho más deplorable mundo de la prostitución infantil, pero prácticamente todo lo que relata aquí es aplicable a la trata de personas adultas también. La gente que cae en este mundo procede de familias desestructuradas, ha sufrido malos tratos en su infancia, han sido abusados y machacados por su entorno y han acabado siendo ruinas humanas. Un dato: en España, más del 80% de las personas que ejercen la prostitución lo hacen contra su voluntad. Y sabes cómo se llama a una persona que practica sexo con otra contra su voluntad por mucho dinero que haya por medio, ¿verdad? Si después de leer estas 22 páginas no tienes ni siquiera un poco revueltas las tripas, en serio: háztelo mirar.

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La sensación de sorpresa y desconcierto que deja este mundo cuando lo conoces de primeras ya ha pasado. Este mundo dos siglos y pico en el futuro -aquí se nos explica por qué no conocemos la fecha exacta en la que se desarrolla la historia- ha dejado de ser diferente y ajeno para ser extrañamente familiar y cada vez más similar a la realidad en la que vivimos. Es una lectura tan apasionante como amarga, que quizás borre un poco la sonrisa de los optimistas y reafirme a los misántropos en sus convicciones, pero que no deja de señalar que, por jodidas que estén las cosas, siempre tenemos la esperanza. Y aquí la esperanza es un tipo delgaducho, lleno de tatuajes y con unas gafas raras. Nos vemos dentro de un par de meses para el gran final.

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Enrique Acebes

Enrique Acebes

Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

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