Rick Remender, luces y sombras, es sin duda uno de los autores más populares de la actualidad. Tras su buena labor en Marvel Comics,... Siete para la eternidad 1: El dios de los susurros

Rick Remender, luces y sombras, es sin duda uno de los autores más populares de la actualidad. Tras su buena labor en Marvel Comics, al menos desde mi punto de vista, con títulos que iban de lo correcto (Vengadores Secretos, Capitán América o Imposibles Vengadores), a lo excelente (imprescindible y nunca suficientemente reivindicado Imposibles X-Force), el escritor de California se ha hecho fuerte en el indie norteamericano. En 2017 crea incluso Giant Generator, su propio sello en el seno de la propia Image, destinado a reunir todas sus creaciones dentro de la editorial y, por lo que él mismo dice, a administrar con mayor pulcritud los derechos de autor de dichas obras, susceptibles de ser adaptadas al mundo del cine y la televisión. Todas sus propuestas flirtean con la ciencia ficción, y se aprovechan de una idea de partida normalmente muy elevada e interesante y de un aspecto gráfico siempre impecable. A esta avalancha de publicaciones encabezadas por Remender, muchas de ellas ya traducidas en nuestro país, entre las que destacan cabeceras de importante éxito como Tokyo Ghost o Low, se le une ahora Siete para la eternidad, con el descomunal talento de Jerome Opeña dando forma a la tierra de Zhal.

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Podría decirse que todos los tebeos de Rick Remender se sirven de un puñado de temas centrales que son recurrentes. Con mayor o menor contribución en cada caso, lo cierto es que hay tres pilares básicos sobre los cuales se sostienen todas sus historias. En primer lugar están las relaciones paterno filiales, muy explotadas ―y con desigual fortuna― en cómics como, por ejemplo, Ciencia Oscura o Fear Agent. La familia casi siempre compone uno de los motores de la trama; los personajes de Remender son héroes, aventureros o científicos, pero a menudo se ven en la dificultad de reconciliar su vocación con la seguridad de sus seres queridos. Sus proezas, sus viajes o sus ingenios, de una manera o de otra, siempre van a acabar chocando con la integridad del núcleo familiar, llevándoselo por delante en muchos casos, momento en el que los lazos fraternales se convierten en el verdadero impulso que necesita el protagonista de turno para continuar.

Otra característica de cada lanzamiento de Remender es la potencia de sus high concepts. No hay nadie como él ideando premisas de partida, sobre todo si lo que te atrae es la fantasía y la ciencia ficción. El mundo acuático de Low bajo un sol que languidece, el multiverso con forma de cebolla de Ciencia Oscura, el ciberpunk de Tokyo Ghost… Indiscutiblemente cada número 1 apetece, y apetece mucho. Otra cosa es que el desarrollo de esas ideas esté luego a la altura; o simplemente que esa idea tan llamativa que funciona como cebo no se diluya en una trama con codos y recodos en la que finalmente no acabe significando nada.

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El tercer rasgo a destacar, diría, es su particular exploración de la dinámica de grupos. De grupos de humanos, de monstruos mutantes o de alienígenas, lo mismo da. Las relaciones entre ellos recuerdan al Chris Claremont más liberado, el del salseo entre supertipos y megachicas marginados, cada uno con sus peculiaridades, muchas veces muy vinculadas a sus poderes, a sus características físicas o a su rol dentro de la comunidad. Normalmente hay un abuso del monólogo interior y de sentimientos expresados de forma un tanto acartonada, ahí tengo que darle la razón a mi buen amigo Laintxo, pero esto no siempre queda mal del todo. Esas relaciones basadas en la referencia, al viejo estilo y muy forzadas, me maravillan en sus tebeos de superhéroes ―o en Clase Letal, por esa tendencia a la exageración adolescente―, pero hacen torcer un poco el gesto en obras con otras pretensiones, como en Ciencia Oscura, donde soy incapaz de distinguir a los personajes sin un aspecto físico contrastado que refuerce el arquetipo; o en el propio tebeo que hoy tenemos entre manos, Siete para la eternidad, en el que la inclusión del grupo de caballeros rebeldes introduce los códigos del cómic de superhéroes en una historia, a priori, de fantasía más clásica.

En el primer tomo publicado por Norma Editorial de Siete para la eternidad, titulado El dios de los susurros, Remender nos planta en medio de un mundo mágico realmente fascinante y sobrecogedor, a medio camino entre La torre oscura de Stephen King, el imaginario de Tolkien y el mundo apocalíptico de Mad Max. La acción empieza in media res, y la presentación de ese mundo fantástico, salvo por unas pequeñas notas de diario aclaratorias, se va descubriendo de la misma manera. Primero el chapuzón y luego la comprensión. En la tierra de Zhal hay un dictador, el Dios de los susurros, como una suerte de Gran Hermano que ve en la mente de sus súbditos y les promete lo que más desean a cambio de su libertad. Lectura política al canto, y nuevamente la agonía del que se mantiene firme ante el tirano, como en el Capi en la dimensión Zola. El primer tomo explora las dudas de Adam Osidis, el disidente acorralado, y el precio que él y su familia han de pagar por mantener una coherencia en su discurso. La trama continúa por un viaje iniciático y desemboca en el descubrimiento de un grupo de rebeldes formado por los últimos caballeros mosak. Una especie de magos (igual que los malos y como el propio Osidis, o algo así he querido entender), que interactúan con las mencionadas dinámicas de tebeo de mutantes de los 80.

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En cuanto al dibujo, Jerome Opeña está imperial. Más detallado que nunca, con un cuidado y un talento en los diseños tan impresionante como siempre. La tierra de Zhal enciende nuestra sensación de maravilla, y visto que el trasfondo se nos relata con cuenta gotas, en este primer tomo podría decirse que el mérito es casi exclusivamente de Opeña. Por poner una pega, el entintado plagado de rayitas, entre pretendidamente inacabado y no sé si tan pretendidamente noventero, no me ha acabado de convencer, sobre todo en comparación con otros trabajos del artista en los que presumía de acabados perfectos prácticamente a lápiz.

En definitiva, Siete para la eternidad 1. El dios de los susurros es una muy buena presentación para una serie que aún lo tiene todo por contar. Buenas ideas, personajes interesantes y dibujos todavía mejores. Por ahora sigo.

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Siete para la eternidad 1. El dios de los susurros
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Mario

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves Skrull más allá de Apokolips. He visto al Doctor Manhattan brillar en la oscuridad cerca de la Zona Azul de la Luna. Todos esos momentos, guerra química y podcast.

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