No hace mucho que estuvimos hablando por aquí de Junji Ito. Fue con motivo de los más de treinta años que lleva en la... Sensor, de Junji Ito

No hace mucho que estuvimos hablando por aquí de Junji Ito. Fue con motivo de los más de treinta años que lleva en la profesión como Mangaka y como uno de los máximos representantes del cómic japonés de terror actual. Cada vez que saca una nueva obra suele ser motivo de celebración, pues aunque no siempre esté acertado, como es el caso de Sensor, siempre ofrece una lectura interesante.

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Sensor es una de las obras más recientes de Junji Ito. Fue publicada originalmente bajo el nombre de Muma No Hiko (El viaje del cuaderno del súcubo) en la revista Nemuki + durante el año 2018. Posteriormente, fue recopilada en un único volumen con el nombre con el que ECC lo ha publicado también en España. En este caso el formato elegido es el más convencional tomito en formato A6 con sobrecubiertas.

Agarraos los machos con Sensor

Junji Ito es un autor que reconoce abiertamente que le gusta crear obras cuyos finales no sean un desenlace típico. También le gusta retorcer la estructura narrativa para huir de todos los convencionalismos habituales del género. Tampoco hay que olvidar que es muy dado a improvisar y cambiar de idea sobre la marcha, lo que más de una vez provoca giros de guion que se antojan inverosímiles. Y claro, cómo no van a pillar por sorpresa al lector si incluso el autor no tenía del todo claro que estaba contando.

Pues bien, imaginad que juntamos todo esto y le añadimos un “sujetame el cubata”. Pues el resultado sería algo semejante a este Sensor. La trama nos lleva hasta las laderas del monte Sengoku. Ahí aparece una chica rubia llamada Kyôko. Una tipa dura y de armas tomar ya que sobrevive, ni más ni menos, que a una erupción volcánica. El pueblo al que llega está lleno de gente con secretos (que ríete tú de los paisanos de Maine de Stephen King). A todo esto hay que sumarle un periodista que trata de investigar sucesos extraños y una secta llamada Indigo Shadow que trata de acceder, por medio de Kyôko, a una biblioteca ancestral que guarda todos los secretos del universo. También hay bichos que saltan directamente bajo tus zapatos para que los aplastes… ah, y se me olvidaba, la chica tiene cabellos de oro que se extienden por todo el poblado.

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Aunque lo parezca, no, no estoy hablando del capítulo de los Simpsons donde Ron Howard trata de vender una película en la que un robot asesino es profesor de una autoescuela y viaja en el tiempo (cuyo mejor amigo es una tarta parlante, no nos olvidemos). Como podéis apreciar en Sensor, Juji Ito toca algunos temas que abordó de manera sobresaliente en su recordada Uzumaki, aunque por desgracia no está tan acertado como en esta.

Ito sobrecarga los capítulos de información, abre tramas que deja sin cerrar, no acaba de balancear bien el peso de los protagonistas en la historia y la coherencia de los distintos capítulos queda bastante en entredicho. Por supuesto que, como es habitual en él, consigue transmitir al lector esa sensación de intranquilidad latente en cada página. Un desasosiego que atrapa irremediablemente gracias al contraste que logra con algunas planchas, donde plasma el costumbrismo y la cotidianidad habitual de un pueblecito, con otras donde su gran imaginación crea engendros propios del horror cósmico de H.P. Lovecraft (ya saben, ese terror tan primigenio que desafía a la imaginación).

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De hecho, toda la ambientación rural, la temática de sectas y los dilemas teológicos que plantean, a los cinéfilos del terror elevado les recordará bastante al cine de Ari Aster (Hereditary o Midsommar). No es un mal tebeo, ni mucho menos, pero de alguien como Junji Ito yo espero mucho más a estas alturas. Posiblemente quienes sean neófitos del autor acaben fascinados por el cocktail de ideas y conceptos que plasma en las casi 250 páginas de historia.

Una pena que la trama se desinfle y quede tan deshilachada como los cabellos de la protagonista.

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Txema Sáez

Fanático sin solución del cómic de superhéroes, del manga, del cine de terror, la literatura fantástica, los videojuegos y más heavy que una lluvia de mercurio al rojo vivo. Como los mejores turrones, he vuelto a casa por Navidad (aunque trece años he tardado).

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