Si hay un género que en Europa se cuida como en ningún sitio ese es el de la ciencia-ficción. Y no es que en... Reseña: Niourk

Si hay un género que en Europa se cuida como en ningún sitio ese es el de la ciencia-ficción. Y no es que en otras partes del mundo no se hagan buenas historias del género, ni tampoco quiero decir que los europeos no se manejen como nadie en otros campos de batalla comiqueros… Pero es indiscutible que las historias de ciencia-ficción creadas en el viejo mundo tienen un aroma especial, muy particular, enraizado en los heroicos años 70 y 80, en todas aquellas maravillosas revistas de cómics encabezadas por la legendaria Metar Hurlant de Moebius, Jean-Pierre Dionnet y Philippe Druillet. Pues bien, en la obra que hoy nos ocupa, Niourk, del autor francés Olivier Vatine, el legado de ese espíritu entusiasta que reivindica la fantasía y la búsqueda de la maravilla se mantiene completamente intacto.

Niourk
Guión: Olivier Vatine.
Dibujo: Olivier Vatine.
Páginas: 160 Color.
Formato: Cartoné.
Tamaño: 22,3 x 31,2 cm.
PVP: 34,00 €.
Categoría: BD.


En 1957 Stefan Wul publica la novela Niourk, uno de sus relatos más interesantes. El prolífico y veloz escritor francés, que se popularizaría como creador de mundos Space Opera en los que no faltaban elementos de ciencia más hard (o al menos más divulgativa), se sale un poco de su zona de confort recreando en Niourk un futuro lejano para nuestra vieja Tierra, en la línea de los escenarios apocalípticos más extremos. Muchos años después, en 2012, 2013 y 2015, Olivier Vatine adapta la obra en una serie de tres libros de cómics titulados El niño negro, La ciudad y Alfa respectivamente. En nuestro país, la editorial Yermo reúne las tres entregas en un tomo integral exquisitamente editado, con una portada y un diseño magníficos. A tamaño tradicional bandes dessinées, y no reajustado a las dimensiones del comic-book americano como a veces ocurre para estupefacción del personal.

El tebeo cuenta la historia del Niño Negro en su búsqueda de la legendaria Niourk. En ese futuro remoto del planeta Tierra los descendientes de los hombres han vuelto a las cavernas y subsisten en un entorno en el que la naturaleza ha ocupado las antiguas posiciones humanas. Extrañas criaturas aparentemente extraterrestres vecinas de los hombres neandertalizados y una estirpe de robots que ejecuta con diligencia protocolos de autopreservación deambulan por un fabuloso escenario lleno de color y situaciones asombrosas, en el que paisajes abiertos y ruinas de las grandes urbes del pasado completan la instantánea.

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La adaptación de cómic respeta esa pretensión de aventura y de sentido del asombro que ya contenía la obra original. La novela de Wul planteaba un escenario postnuclear similar al del tebeo, pero con unos orígenes y causas del fin del mundo más propias de la época en que se escribió. En el cómic, Vatine acerca la trama con brillantez a catástrofes medioambientales recientes y a posturas conservacionistas mucho más populares en nuestro siglo XXI.

Lo que sí que mantienen las páginas de dicho tebeo es esa predominancia de la aventura y la exploración sobre el desarrollo de los personajes, tan típico en las producciones apocalípticas de nuestro tiempo (véase The Walking Dead o The Road, por citar dos ejemplos). En los años 50 aún no se reparaba en los efectos que el apocalipsis producía en la psique del superviviente medio, pero sí se echaba la imaginación a volar a la hora de generar contexto. Los peligros a los que debe enfrentarse el Niño negro y las peculiaridades de esa Tierra futura que más parece un mundo alienígena constituyen los puntos fuertes del relato, y no existe medio más adecuado que nuestro noveno arte para convertir estos conceptos en potentes representaciones visuales.

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Quizá sea en el cambio de tercio, potenciado en el último acto, en el que se ponen en marcha disquisiciones más cienciaficcioneras y se da explicación a lo que habíamos venido viendo, donde se pierda en cierto modo ese halo de misterio y de fascinación totalmente absorbente que domina al menos tres cuartas partes del cómic. La revelación del destino de la humanidad no resulta excesivamente original y además está contada de forma casi periodística. No es que sea decepcionante y se ajusta bien a lo que se había planteado, pero personalmente hubiese preferido una explicación a los hechos menos explícita y más sugerida. La reflexión que subyace detrás de la evolución del Niño Negro quizá no sea tan potente como la capacidad de nuestra propia imaginación ante lo evocador de las imágenes presentadas, libres de especificaciones en gran parte del relato.

Una de esas dobles lecturas tan habituales en las historias de ciencia-ficción puede encontrarse aquí ante la evolución de las especies humanas que han sobrevivido al holocausto nuclear. La devastación de la Tierra se presenta como un acicate para el desarrollo de las especies, como así ha sido en tantas ocasiones, pero ejerciendo su efecto sobre los propios homínidos conscientes que superpoblaban el planeta (o sea, sobre nosotros).

Sobra explicar que la escenografía desplegada por Olivier Vatine es absolutamente fascinante. Quizá menos eficaz a medida que avanza el relato, pero en general absolutamente sugestiva y por momentos conmovedora. Vatine plantea un dibujo de líneas sencillas, con colores planos y muchos escenarios abiertos, que logra trasladarnos a otro tiempo y otro lugar que al mismo tiempo es el nuestro. Por otro lado la narración es descompresiva, y la historia está contada impecablemente con apenas diálogo (al menos al principio).

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En definitiva, un tebeo absolutamente imprescindible para los amantes de la ciencia-ficción preciosista. Si algo bueno se puede decir de una propuesta de este estilo es que tiene la capacidad para atraparnos en el mundo fantástico que nos presenta, y en el caso de Niourk esa capacidad es total. La obra de Olivier Vatine consigue trasladarnos muy lejos de la cotidianeidad, a un mundo remoto muy distinto del nuestro… O quizá no tanto.

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Mario

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves Skrull más allá de Apokolips. He visto al Doctor Manhattan brillar en la oscuridad cerca de la Zona Azul de la Luna. Todos esos momentos, guerra química y podcast.

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