John Constantine nace en las páginas de La Cosa del Pantano de Alan Moore, concretamente en el número #37 de dicha colección. Por aquel... Reseña: Hellblazer. Paul Jenkins #1 (de 2)

John Constantine nace en las páginas de La Cosa del Pantano de Alan Moore, concretamente en el número #37 de dicha colección. Por aquel entonces se parecía mucho a Sting y apenas sabíamos nada de él, salvo que era inglés y que le gustaba tontear con todo eso de la magia y la nigromancia. Iniciada su andadura en solitario en Hellblazer, tras muchos números de su propia serie y después de pasar por las manos de varios autores, el guionista Paul Jenkins entra en escena para hacerse temporalmente con las riendas de su negro destino. En nuestros días, ECC recopila esta etapa en dos gruesos volúmenes dentro de su colección de lujo dedicada al personaje, y es precisamente de la primera entrega de esa dupla de la que vamos a hablar hoy.

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Guion: Paul Jenkins.
Dibujo: Sean Phillips.
Editorial: ECC Ediciones.
Contiene: Hellblazer. #89-107 USA.
Formato: Cartoné, 480 págs.
Precio: 40 €.


El amigacho Nacho López se expresaba hace unos días de la siguiente forma en los comentarios del artículo que nuestro otro buen amigo Alejandro Martínez publicaba en esta misma casa sobre la etapa de Jaime Delano en la colección Hellblazer. Decía Nacho, parafraseando:

“Si Constantine fuera un jarrón, Moore puso el barro. Pero quien lo colocó en el torno y le dio forma, para mí (como siempre digo), fue Delano. Perfiló y definió al personaje. Y a pesar de que resulta en ocasiones un poco pesado y con tramas alargadas, su etapa merece muy mucho la pena…”

En ese mismo foro, yo mismo apuntaba a continuación mi adhesión incondicional a la corriente de pensamiento iniciada por Nacho. Sin menospreciar a lo que ha venido después, la versión del mago de Liverpool que Delano desarrolló durante los primeros 40 números de la serie, es la que ha quedado grabada a fuego en mi mente para los restos. Me resulta imposible desvincular a John Constantine del contexto de la era Thatcher y de la depresión económica de los años 80 en las islas británicas, así como, formalmente, se me hace raro leer un tebeo del mismo que no esté plagado de textos de apoyo cargados de lirismo.

No obstante, como también mencionaba en dicho debate improvisado, creo que las características del personaje que se han popularizado más son las que le otorgó el gran Garth Ennis, sucesor espiritual de Delano en la colección durante los siguientes 40 números aproximadamente. Ennis abandona la gravedad en los planteamientos y en las formas de Delano, entregándonos una etapa mucho más ligera, con ese sentido del humor macabro tan propio del autor irlandés. El Constantine de Ennis se tiraba todo el día bebiendo en el Pub, y esa misma circunstancia le define bastante bien. Embaucador, canalla y con menos sentido de la responsabilidad. Es también en esta etapa cuando se potencia su habilidad como jugador de cartas farolero, echándole órdagos a todo quisque demoníaco que se le cruce por delante. Todos esos rasgos de su personalidad tan populares se potencian aquí, con Garth Ennis.

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Paul Jenkins toma el testigo de un personaje con raíces muy profundamente arraigadas en el inconsciente colectivo del lector medio de tebeos adultos de finales de los ochenta. Jenkins apenas tenía experiencia como escritor cuando asume la responsabilidad de la serie, sus labores previas en el mundillo habían sido fundamentalmente como editor, y Hellblazer era su primer encargo profesional. Visto con perspectiva, puede que la escasa maniobrabilidad que le ofrecía una colección que había avanzado con paso firme por el mercado, no fuera una mala apuesta para el escritor británico. Entendiendo perfectamente los antecedentes, Jenkins diseña su propia versión del personaje, convirtiendo a Constantine en una suerte de monstruo de Frankenstein construido a partir de distintos rasgos de personalidad extraídos a la limón de los cerebros de Jamie DelanoGarth Ennis.

El Hellblazer de Jenkins recupera ese lirismo en los textos de apoyo que ya conocíamos de la etapa Delano, pero suavizándolo y restándole carga política (aunque sin olvidarla). Puestos en harina, he de decir que prefiero al original. Los números de Jamie Delano pueden resultar excesivamente espesos, incluso tremendamente cansinos si no tienes tiempo o ganas de recrearte en la calidad de los textos de apoyo. En este sentido, Jenkins se me hace más duro porque, con parecida pretensión, creo que no alcanza el mismo nivel de calidad en la poesía. Por otro lado, Jenkins intenta recuperar el sentido del humor negro de la etapa anterior, así como también abusa del recurso de las cartas ganadoras escondidas bajo la manga (tan propio de Ennis) que hacen que Constantine salga bien parado de todas las situaciones, ganando todos los faroles en su eterna partida de póker contra los demonios del Infierno, como ya decíamos. No obstante, el tono general de la etapa de Jenkins es de melancolía y pesimismo. Constantine va ganando batallas, pero cada vez está más cerca de perder la guerra. De nuevo, los remordimientos estrangulan los pensamientos del personaje protagonista, expresados en primera persona en los cuadros de texto. El pasado vuelve para ajustar cuentas en no pocas ocasiones, retomando tramas y acontecimientos narrados por los guionistas anteriores.

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Tras una breve vuelta para un solo número (#84) del muy apreciado por mí y nunca suficientemente reconocido Jamie Delano, y la incorporación de Eddie Campbell a los guiones en un arco argumental de transición, Paul Jenkins toma los mandos de la colección en el número #89 USA, para quedarse durante los siguientes cuatro años. Una de las características que hacen de Hellblazer la reputada serie que recordamos hoy día, es la continuidad en los equipos creativos. Escritores de una calidad contrastada permanecen en la serie durante muchos números, y en algunos tramos como el que hoy nos ocupa, a su lado un dibujante solvente como puede ser Sean Phillips repite mes tras mes. El tomo de Paul Jenkins del que estamos hablando contiene los números 89-107# USA, con Sean Phillips en prácticamente todos ellos, salvo en un par de excepciones. La coherencia en el equipo creativo es algo a lo que hoy día estamos acostumbrados, al menos en lo que a tebeo indie se refiere y a los esfuerzos de Marvel y DC porque esto sea así, pero en los ochenta era muy habitual el baile de dibujantes. Aunque dirigido a un público adulto, las colecciones Vertigo no se libraban de la puntualidad mensual, había que sacar un tebeo al mes y si para ello hacía falta fichar a un dibujante de relleno se hacía. Visto desde el futuro, con los recopilatorios en la mano, la irregularidad artística resulta bastante molesta y, como decimos, también afectaba a otras colecciones Vertigo de la época. Hoy día, la heredera por derecho propio de Vertigo, Image, no contempla este tipo de trampillas para cumplir plazos, pero por el contrario nos regala un retraso tras otro en las series que más nos interesan… Pros y contras. Personalmente me quedo con el modelo Image, donde va a parar. En cualquier caso, en el tomo que nos ocupa, las sensaciones de obra íntegra y adecuadamente planificada por ambos autores, guionista y dibujante, son totales.

El tomo comienza con una aventura en dos números ambientada en Australia. Paul Jenkins recupera el concepto del Tiempo de Sueño, extraído de la mitología aborigen australiana y visto en multitud de historias en las que la psicodelia y los viajes iniciáticos suelen tener cabida. El relato contiene un mensaje ecologista bastante interesante, utilizando a Constantine como catalizador, pero excluyéndole de las reflexiones más estrictamente conservacionistas, como buen ser de esencia puramente urbanita. Pinceladas del pasado y tretas de tahúr arrogante y pasado de rosca para concluir una historia que empieza mucho peor que acaba. Tengo que reconocer que las primeras páginas del tomo se me atragantaron, reconociendo en el estilo las influencias de Delano, pero sin alcanzar ni de lejos aquellas alturas. En todo caso, una página tras otra el sello propio de Jenkins se va afianzando y esos recelos iniciales no tardan mucho en desparecer.

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Una historia suelta con un cabo suelto (valga la redundancia) del pasado de John Constantine, precedida de una buena conversación de política con los colegas y en el pub (ya decíamos, lo mejor de ambos mundos) y adornada por una interesantísima batalla ancestral y espectral, da paso al primer y más importante arco argumental del tomo, comprendido entre los números 92-96# USA y titulado Masa Crítica. A lo largo de cinco números, Constantine se enfrenta al demonio Bauer, carcelero infernal de multitud de espíritus infantiles inocentes, incluidos algunos de los más allegados a nuestro protagonista. Jenkins trae de vuelta conceptos sueltos de números anteriores, como la ciudad de Abaton, repositorio de conocimiento mágico y hogar del verdadero y triste Robin Hood, o Jack el elemental de lo verde, así como se dispone a dar cierre a tramas colgadas de números anteriores, como con todo lo relativo al patético paradero de Lucifer, o las cuentas pendientes de Constantine con la pequeña Astra. Una vez más tendrá que jugárselo todo a una carta para obtener, esta vez sí, su redención, procurando evitar el Infierno, como ya le ocurriera, enfermo de cáncer, en la etapa de Garth Ennis. Aunque las maneras del de Liverpool y la trama en sí no suenen demasiado originales, lo cierto es que la historia está narrada de forma magistral. Tras una presentación de los hechos muy correcta, Constantine va tomando decisiones y orquestando un plan maestro del que el lector, a priori, no entiende nada. La lectura se convierte en un pasapáginas en el que intentamos anticipar las intenciones del nigromante guaperas de la gabardina. Por supuesto, todo se ata de forma magistral en el gran truco final. Aquí sí, un sobresaliente para Jenkins. Y además sale Alesteir Crowley, qué más se puede pedir.

Los cinco números siguientes presentan historias autoconclusivas en las que Constantine vive situaciones más o menos cotidianas, algunas de ellas resultado de los hechos narrados en el arco anterior, donde a menudo se topa con lo sobrenatural. Aunque en cada uno de ellos se presenta lo que en la televisión daría en llamarse el caso de la semana, el desarrollo del personaje siempre está presente, y su evolución, ya sea a modo de flashback (la historia del reencuentro con su padre, muy políticamente incorrecta) o de exploración de las consecuencias de sus actos (como por ejemplo en lo referente a su estado de salud) es continua. Por las páginas de estos cinco números pasan gitanos echadores de cartas, perros fantasma, e incluso hooligans de destino incierto (en la historia más intrascendente de todo el tomo, todo sea dicho). Y también vuelve Abaton.

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El siguiente arco argumental, Comienzos Difíciles, plantea tres historias independientes que funcionan al unísono como reconstrucción de la psique del propio Constantine, disgregada varios números atrás. Constantine tiene que completarse para mejorar, que no para ser más bueno, más bien al revés… Un lío. El caso es que pondrá en marcha un plan bastante original para volver a poner las cosas en su sitio. Simplemente genial.

El número #105 contiene la historia autoconclusiva Un pedazo de cielo, en donde Jenkins da su versión de cómo el dramaturgo Samuel Taylor Coleridge creó su famoso poema Kubla Khan, con un antepasado de Constantine por ahí y una campaña celestial de captación de feligreses de lo más estrambótica que no tiene desperdicio. Una pasada, en mi opinión de lo mejor del tomo.

El tebeo termina con una historia contada en dos números titulada En la línea de fuego. Un precioso relato de amor imposible en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, con crítica social y retrato de la política de desahucios tan de moda hoy en día incluidos. El dibujo de Sean Phillips está a gran altura en este arco, representando los flashbacks del soldado, siempre a la sombra y con un tono grotesco que evoca la demencia de la guerra, de forma soberbia. Los textos de apoyo de Paul Jenkins también rayan a un altísimo nivel en este caso, sobre todo por ese esfuerzo de ambientación bélica que el autor realiza, juntando palabras en oraciones sugerentemente violentas. Aunque la historia no avance prácticamente nada, podemos decir que este último arco es un broche de oro para el tomo uno, y un señuelo perfecto para que nos quedemos con ganas de más de Paul Jenkins, de lo que vendrá en el volumen dos.

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En lo relativo al dibujo, Sean Phillips no sólo es regular y cumplidor (como habíamos mencionado) sino que se desenvuelve como pez en el agua por el tipo de escenarios en los que se desarrolla la historia. Con un estilo muy simple y algo sucio, cargado de contrastes a chorro de tinta (que en cierto modo recuerda a Mignola, al que dedica al menos una viñeta) Phillips representa como nadie las andanzas paranormales y terroríficas de John Constantine. Además, es responsable de algunas de las mejores portadas de la serie, de estilo pictórico, como todas las del personaje, pero con un enfoque muy personal e interesante.

En definitiva, queda claro que Paul Jenkins, en estos primeros números de su etapa, sale bien librado de la patata caliente que suponía hacerse al cargo de esta colección. Es de prever que para el siguiente tomo que completa su participación en la serie, con historias aún inéditas en nuestro país, suban las apuestas todavía más . Yo personalmente le agradezco que no tenga pelos en la lengua para contar todo tipo de historias, y que lo malsano y lo grotesco sean parte importante de su obra. Digan lo que digan los de lo políticamente correcto.

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Mario

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves Skrull más allá de Apokolips. He visto al Doctor Manhattan brillar en la oscuridad cerca de la Zona Azul de la Luna. Todos esos momentos, guerra química y podcast.

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