En el siglo XVI el planeta Tierra todavía era un lugar inabarcable, con capacidad para el asombro, lleno de vastos y exóticos territorios aún... Reseña: Espadas del Fin del Mundo

En el siglo XVI el planeta Tierra todavía era un lugar inabarcable, con capacidad para el asombro, lleno de vastos y exóticos territorios aún por explorar. En aquellos tiempos, aventureros europeos embarcados en escuetas cáscaras de madera a las que llamaban barcos y equipados con poco más que su propio valor, se echaban al inmenso océano en busca de fortuna. La prometida riqueza esperaba en esas misteriosas y lejanas costas aún por descubrir, a través de rutas marítimas que estaban por trazar. Dominados los territorios, alejados muchas millas de sus hogares y de la autoridad central, los hombres de la época vivieron lances y aventuras dignas de cualquier superproducción de Hollywood. Ángel Miranda y Juan Aguilera son conscientes de la tierra fértil que nuestra historia supone para infinidad de narraciones, y Espadas del Fin del Mundo es una buena muestra de ello.

espadas del fin del mundo
Guion: Ángel Miranda.
Dibujo: Juan Aguilera.
Crowdfunding: Verkami.
Venta online: Amazon.
Precio: 18 €.
Formato: Tapa dura, 72 págs. A color.


En 1582 la monarquía hispánica dominaba los mares de este mundo. La punta de lanza del imperio habían sido los conquistadores. Hombres de fe, exploradores, soldados… Pioneros como el mundo no volvería a conocer hasta, quizá, el siglo XX (cuando abandonamos el ya no tan inabarcable Planeta Azul por la vía vertical, montados en cohetes rellenos de hidrógeno destino la Luna y más allá). En esas fechas, la expansión asiática del Rey Felipe II empezaba a asentarse en un enclave en las Islas Filipinas que en el futuro sería fundamental: la ciudad de Manila. Dichos nuevos territorios de ultramar, incipiente centro neurálgico del comercio en la zona, atrajeron inevitablemente el acoso de piratas.

En este contexto, la cercana costa de Luzón iba a sentir la presión de los saqueos de un grupo de malandrines venidos del Japón (o de Cipango, como se lo conocía en la época). El contingente oriental estaba liderado por Tay-Fusa, un samurái sin amo, y conformado por otros Ronin, soldados rasos y bandidos al uso del país del Sol Naciente. En el río Cagayán, en dicho año 1582, la armada española a las órdenes de Juan Pablo de Carrión cruzó sus armas contra las de los legendarios samuráis. Espadas de acero toledano frente a legendarias katanas orientales. Un encuentro extraordinario entre dos formas de hacer la guerra y de entender el mundo que bien merece el cómic del que estamos hablando.

Personalmente conocí esta descomunal historia real en los libros del gran Carlos Canales (sean En Tierra Extraña o Naves Negras) y creo recordar que fue mencionada en el especial del podcast que dedicamos a los propios samuráis. Sólo era cuestión de tiempo que alguien recogiera el testigo de este envite, tantos años esperando a ser dramatizado.

Carrión-Samurai

Los mencionados Juan Aguilera (arte) y Ángel Miranda (idea y textos) se pusieron manos a la obra iniciando una campaña de crowdfunding que resultó ser un éxito absoluto, superando varias veces las pretensiones económicas iniciales. El concepto era atrayente como pocos, y las primeras muestras presentadas llamaban muchísimo la atención, todo sea dicho. Multitud de mecenas se lanzaron al rescate de tan prometedora obra, y gracias a su desbordante apoyo tenemos ahora la oportunidad de sostener entre las manos una edición verdaderamente atractiva, perfectamente maquetada y a buen tamaño y gramaje. Si el contenido interesa, el continente no desmerece.

Metidos en harina, podemos decir que estamos ante un tebeo magníficamente ejecutado, que consigue de largo lo que se propone. Diría que su principal virtud radica en la recreación histórica de los acontecimientos que en él se narran. La ambientación está magistralmente lograda, desde los territorios en los que transcurren los hechos hasta las embarcaciones, pasando por los nativos de las Filipinas o los temibles Samuráis. La instrumentación militar que aparece en el cómic está cuidada al detalle, una delicia para los amantes de la historia bélica entre los que me incluyo: Arcabuces, picas, katanas, yaris, armaduras de mimbre o de metal… Todo ello perfectamente presentado y empaquetado; listo para el disfrute del lector entregado, pero también del ocasional. En este sentido, el trabajo de Ángel Miranda, asesorado por el historiador Ramón Vega, es escrupuloso y se ciñe en la medida de lo posible a la realidad de la época.

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Dicho esto, podría decirse que esta vez el drama pasa a un segundo plano; también porque la aventura que se nos cuenta, puramente marcial, puede que no dé para mucho más. La narración se sostiene a hombros de un Juan Pablo de Carrión que funciona muy bien a modo de héroe crepuscular. Ángel Miranda apuesta por una narración descompresiva, muy propia de nuestros tiempos, sin apenas diálogo entre personajes y con unos textos de apoyo muy breves que se centran en describir emociones y en crear el clima necesario para la confrontación. Dichos cuadros de texto prescinden de aportar datos extra que refuercen la inmersión en el contexto de la época, como sí ocurre en muchos tebeos de ambientación histórica. En este caso todo el esfuerzo de documentación por parte del guionista y el asesor se despliega en los rigurosos dibujos de Juan Aguilera. Por poner un ejemplo, en una de las viñetas aparecen soldados nativos de Nueva España, puros indios americanos que engrosaban las filas de las fuerzas españolas, como efectivamente así participaron en los combates; pero este detalle quizá pase desapercibido en una lectura en diagonal, o ante un lector no familiarizado con la historia. En el otro lado de la balanza, el tipo de narración elegida hace que el tebeo resulte muy dinámico y se lea de forma agradable y en un suspiro.

El dibujo de Juan Aguilera es sencillo y de líneas claras. Como decíamos, la eficacia en la recreación resulta soberbia. Para quitarse el sombrero. Por ponerle alguna pega, echo de menos más fondos, y quizá más espectacularidad en los paisajes de las Islas Filipinas. En todo caso este apartado aprueba con nota. Lo que sí me ha chirriado un poco más es el rotulado de la obra, algo que suele pasar inadvertido y que tampoco es que sea lo que más importa, pero que en este caso quizá aleje el resultado final de una edición completamente redonda.

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Concluyendo, Espadas del Fin del Mundo relata con precisión un capítulo fascinante de nuestra olvidada y a veces vilipendiada historia. Algunos os estaréis preguntando si la katana, el alma del samurái, se quebró ante el acero toledano… Para saber qué ocurrió en Cagayán sólo hay que leer el tebeo.

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Mario

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves Skrull más allá de Apokolips. He visto al Doctor Manhattan brillar en la oscuridad cerca de la Zona Azul de la Luna. Todos esos momentos, guerra química y podcast.

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