Los de mi generación tenemos un problema con la Guerra Civil Española: no la hemos vivido, ni siquiera la posguerra, pero tenemos que soportar...

Los de mi generación tenemos un problema con la Guerra Civil Española: no la hemos vivido, ni siquiera la posguerra, pero tenemos que soportar sus consecuencias. Es decir, tenemos que soportar que haya dos españas después de 70 años del conflicto, soportar las suspicacias y los recelos entre los de derechas y los de izquierdas y, lo que es peor, soportar las historias ambientadas en dicha Guerra Civil, donde los nacionales eran todos malos malísimos, y los de izquierdas eran todos unos valientes luchadores por la libertad.

Y el que suscribe, personalmente, lo de comulgar con ruedas de molino lo lleva bastante mal. Porque no creo que todos los que lucharon en el bando nacional fueran unos fachas redomados, ni que todos los que se echaron al monte con un fusil fueran unos libertarios románticos. Que cabrones habría en ambos lados, y la gran mayoría de las veces lo que determinaba el bando en el que uno pegaba los tiros no era la ideología, sino el lado del río en que habías nacido.

Y aun hoy, 70 años después de todo esto, siguen llegando historias ambientadas en este periodo, de gente que no lo ha vivido, y que argumenta su ideología política en ser simplemente del bando contrario del que fusiló a su abuelo.

El Arte de Volar podría ser una de esta historias, de no ser porque está narrada en primera persona por su protagonista, a través de su hijo. El padre del escritor Antonio Altarriba se suicidó tirándose desde el cuarto piso del asilo en el que estaba, dejando un fajo de notas que sirvieron a aquél para narrar su vida y obras.

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Hay dos tipos de autobiografías: las ordinarias y las extraordinarias. Lamentablemente, la vida de Antonio Altarriba padre pertenece a las primeras. La vida de este hombre que nació y se crió en el campo, que marchó a la ciudad a hacer fortuna, al que pilló la Guerra Civil en el bando nacional, desertó y por tanto acabó perdiendo la guerra, emigró a Francia, se casó, tuvo hijos y amantes… no es extraordinaria. Lo sería ahora, en 2010. Pero en aquella época había miles de personas que pasaron por eso. La literatura y el cine ya se ha hecho eco en repetidas ocasiones de estas azarosas vidas. Y son historias que ya hemos leído, o visto en el cine. Antonio Altarriba no nos está contando nada nuevo.

Lo único destacable es el último capítulo del libro, que cuenta la degeneración moral y psicológica del protagonista, y cómo acaba recluido en un asilo con otros ancianos. Pero vamos, que ni aun esto es original, porque es algo que ya hemos leído en el Premio Nacional del Cómic del año pasado: Arrugas, de Paco Roca. Aun así, este capítulo resulta emocionante, y es el único momento del libro en el que el protagonista demuestra tener algo de carisma y no se limita a verlas venir.

Kim es un buen dibujante humorístico. Aquí pone todo de su parte para dar verosimilitud a las palabras de Altarriba, pero tantos años dibujando su Martínez el Facha en las páginas de la revista El Jueves han provisto a su estilo de una serie de vicios de los que cuesta desprenderse, y de un agarrotamiento que le deja totalmente desnudo de efectos y originalidad narrativa.

El Arte de Volar no es un mal tebeo. Es un tebeo más, ambientado en unos años grises que han dado mucho juego a la industria, tanto literaria como cinematográfica. Pero esperaba mucho más de un Premio Nacional de Cómic, con todos los parabienes y las críticas positivas que ha recibido.

 

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El arte de volar
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Antonio Hidalgo

Anteriormente conocido como El Tete, abandonó los sellos y las RCLTG para encargarse de esta web. Y no volvió a mirar atrás. Bueno, algún vistacillo ocasional sí que ha echado.

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