Como ya hemos mencionado por aquí en un par de ocasiones, Los mundos de Aldebarán es una saga de cómic franco-belga que se inició... Reseña: Betelgeuse

Como ya hemos mencionado por aquí en un par de ocasiones, Los mundos de Aldebarán es una saga de cómic franco-belga que se inició en los años 90 y está conformada por cuatro ciclos, sean: Aldebarán, Betelgeuse, Antares y Supervivientes. De la primera y de la tercera entrega, Aldebarán y Antares respectivamente, ya dimos buena cuenta en esta casa. Supervivientes, el cuarto y definitivo volumen (al menos por ahora), ha sido publicado recientemente por ECC Ediciones, y no tardará en caer. Mientras tanto nos detenemos en Betelgeuse, otra vez con el artista integral Leo a los mandos de todas las facetas creativas de la obra, y nuevamente publicada en origen por la editorial Dargaud. Como en el resto de ocasiones, ECC elige un formato de pequeñas dimensiones (en dirección contraria a la costumbre en el país vecino, pero a precios bastante más asequibles) y en tapa dura para recopilar el ciclo Betelgeuse, conformado por los álbumes El planeta, Los supervivientes, La expedición, Las cuevas y El otro, publicados inicialmente por separado y continuando uno de otro.

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La acción se sitúa unos seis años después de los acontecimientos narrados en el tomo anterior. La mantriz, ese extraño y casi mágico ser que habita los océanos del planeta Aldebarán, está emitiendo una señal a través del espacio en dirección al planeta Betelgeuse 6, supuestamente habitado por humanos. Igual que la otra vez, la actividad colonizadora de la raza humana no acaba de salir del todo bien, y resulta que allí están ocurriendo multitud de sucesos que necesitan una explicación. Kim Keller, completados estudios superiores en biología, es propuesta para embarcarse en una expedición clandestina destinada a estudiar el asunto, entre otras cosas debido a su conexión especial con la propia mantriz.

En órbita a Betelgeuse 6 nos encontramos con una nave espacial a la deriva y llena de cadáveres; y en la superficie, un par de pequeñas colonias humanas intentan sobrevivir en un planeta tremendamente hostil. Al contrario que en Aldebarán, donde los hombres se habían organizado en una sociedad prácticamente planetaria o global, las comunidades desplegadas en Betelgeuse funcionan casi como corpúsculos supervivientes de un mundo postapocalíptico, con sus propias normas y autoridades, pero completamente incapaces de transformar la naturaleza a su alrededor en su propio beneficio. En un bando los conservadores y militarizados miembros del asentamiento a las órdenes del coronel Donovan; por otro, la comunidad progresista y naturalista de Leilah Nakad.

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Como siempre, Leo incluye en el relato una fuerte lectura social, feminista y ecologista. No obstante, en esta ocasión el mensaje, a mi entender, resulta mucho más efectivo e interesante; por menos facilón que en otras ocasiones. Kim Keller se debate entre ambos grupos en conflicto, sufriendo las contradicciones y poniendo de relieve los razonamientos válidos de cada uno de ellos, incluso cuando son expuestos por personajes detestables. Las decisiones totalitarias del coronel Donovan son repugnantes, pero surgen en un contexto de amenaza constante, por cuestiones de vida o muerte; por el contrario, Leilah puede pecar de temeraria en su intención de proteger los tesoros naturales de Betelgeuse. Una segunda lectura realmente brillante para un tebeo que le dedica al tema muchas menos líneas que otras entregas de la misma saga.

Si bien el trasfondo social es realmente interesante en esta ocasión, la parte de exploración no se queda corta. La imprescindible sensación de maravilla, tan propia de las creaciones de Leo, alcanza sin duda alguna sus cotas más altas en Betelgeuse. Los diseños de los ecosistemas y su puesta en escena son más espectaculares que nunca. La geografía del planeta es realmente fascinante, perfilada por interminables desiertos desgarrados por gigantescos cañones de tierra fértil y flora selvática. Como es costumbre en la saga, los personajes realizan un viaje plagado de peligros y de criaturas extraterrestres, en este caso a través de uno de estos cañones.  Leo se centra en la exploración y en la ciencia ficción más que otros aspectos sociales o políticos que simplemente subyacen de forma natural, y el resultado final sale beneficiado.

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Del mismo modo, la trama vuelve a avanzar a golpe de misterio, con un desarrollo narrativo excelentemente manejado por el autor. La expectación por descubrir qué ocurrirá en la página siguiente sólo puede aplacarse leyendo el tebeo de una sentada. Las manifestaciones de la mantriz, en este caso, superan incluso a lo visto en Aldebarán. Descubierta la naturaleza y el ciclo vital (fascinante) del ser, las similitudes con la inteligencia planetaria de la novela Solaris, de Stanislaw Lem, empiezan a difuminarse. El acertijo es reforzado además por el papel que las criaturas iums juegan en los entresijos de la situación, y por el inesperado y sorprendente contacto final. Visto con perspectiva, se podría decir que lo único malo del misterio de la mantriz es que se resuelve, y al resolverse se apaga un poco la magia.

Como siempre, además de los habituales bocetos anotados por el autor, el tomo contiene añadidos extra que introducen contexto en ese mundo del futuro que Leo viene desarrollando desde el primer álbum de Aldebarán, con información ingenieril del funcionamiento del aerojeep, por poner un ejemplo, o los acostumbrados mapas estelares que nos sitúan en los mundos a visitar.

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En definitiva, y sin conocer todavía lo que nos espera en Supervivientes, diría que Betelgeuse es la entrega más redonda de todas las que pertenecen a Los mundos de Aldebarán. Y eso teniendo en cuenta que el nivel general es realmente alto. Los mismos elementos de siempre: exploración extraterrestre, aventura y doble lectura reivindicativa; todo en su justa medida y mezclado (no agitado) a la perfección. Imprescindible para los amantes de la ciencia ficción. Una auténtica delicia.

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Mario

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves Skrull más allá de Apokolips. He visto al Doctor Manhattan brillar en la oscuridad cerca de la Zona Azul de la Luna. Todos esos momentos, guerra química y podcast.

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