En febrero de 1994 la editorial Dargaud comienza a publicar la serie de ciencia ficción Aldebarán, con el autor brasileño Luiz Eduardo De Oliveira... Reseña: Aldebarán

En febrero de 1994 la editorial Dargaud comienza a publicar la serie de ciencia ficción Aldebarán, con el autor brasileño Luiz Eduardo De Oliveira «Leo» como artista total: guion, dibujo y tintas. La primera entrega se titula La tragedia, y el resto de álbumes que completan el ciclo ―La rubia, La foto, El grupo y La criatura― terminan de publicarse en el año 98 a razón de uno al año. Bajo el paraguas de la saga Los mundos de Aldebarán, la historia continúa en tres nuevos ciclos: Betelgeuse, Antares y Supervivientes: Anomalías cuánticas, todos publicados o a punto de publicarse en nuestro país en tomos recopilatorios, cortesía de ECC Ediciones. No obstante, es este primer ciclo, Aldebarán, el que hoy acapara nuestra atención.

aldebaran mosntruos

Ya hace tiempo que hablamos en esta misma casa del volumen recopilatorio Antares, tercero de los mencionados mundos de Aldebarán; e incluso de otra saga en la que Leo estuvo involucrado, Namibia, también de ciencia ficción y que expandía el universo presentado en su obra anterior Kenia. En una lectura a posteriori, es curioso certificar cómo la mayor parte de los lugares comunes de las obras del autor americano ya están esbozados en Aldebarán. Normalmente, Leo se sirve de una narración principal basada en la exploración de mundos asombrosos, con grandes dosis de sentido de la maravilla, que funciona como vehículo para el desarrollo de ideas con un trasfondo más social, de denuncia o de reivindicación. Personajes que defienden o directamente representan valores como el feminismo o la ecología se enfrentan en las páginas escritas por Leo a los peores latiguillos del egoísmo humano: fanatismo religioso, conservadurismo rancio y machista y, casi siempre, expansionismo antropocentrista y arrasador. En muchos casos el contraste puede parecer maniqueo y un tanto infantiloide; pero precisamente en esta primera entrega la sutileza de los planteamientos hace que el mensaje, a mi entender, resulte mucho más eficaz.

En Aldebarán hay exploración y denuncia social, pero menos de lo que ha de venir. A cambio se profundiza más en la propia idiosincrasia de los personajes y en las relaciones entre ellos. Leo suele pecar de explícito a la hora de presentarnos a estos personajes: si una mujer es fuerte y determinada, como por ejemplo Alexa, alguien lo dirá (o lo pensará) en algún momento. Que nos quede claro. No obstante, esta vez las relaciones amorosas cruzadas están mejor diseñadas que nunca.  Los personajes centrales, Marc Sorensen y Kim Keller, mantienen un tira y afloja amoroso a lo largo de todo el relato realmente bien escrito; Leo profundiza con maestría en sensaciones y emociones propias de la adolescencia y la primera juventud, como no se hará en las historias posteriores. La obligatoria desnudez casual de las chicas del relato es tan gratuita como siempre, y en cierto modo fuera de lugar en una sociedad tan retrógrada como la que nos presentan, pero en este caso no resulta tan forzada al alejarnos en mayor medida de la amenaza estatal conservadora.

aldebaran la foto

La historia nos traslada hasta el ocaso del siglo XXII. En el contexto de Los mundos de Aldebarán el ser humano ha comenzado la colonización del espacio exterior. Hace 100 años la primera expedición puso pie firme en Aldebarán-4, pero tras una serie de accidentes inexplicables el asentamiento quedó aislado de la Tierra; incapaces en el planeta azul de replicar el viaje espacial que los había llevado tan lejos. El tomo comienza planteando una serie de misterios en un pequeño pueblo costero, todos ellos relacionados con el misterioso océano del planeta Aldebarán. Los extraños sucesos desencadenan acontecimientos que acaban sacando de su zona de confort a los mencionados Marc y Kim, jóvenes colonos que ven cómo su mundo se pone patas arriba en un abrir y cerrar de ojos. Los dos emprenden un viaje transformador a través de un mundo fantástico en el que, fundamentalmente, se descubrirán a sí mismos.

Una vez más la trama avanza a modo de acertijo. En este caso los misterios proceden del mar, del inmenso océano que cubre prácticamente la totalidad de Aldebarán. El motor de la historia es una extraña criatura con propiedades y dimensiones asombrosas: la Mantriz. Sus formas y maneras recuerdan poderosamente al océano multifacético de Solaris, del gran Stanisław Lem. La influencia es innegable, no sólo en el desarrollo visual de la criatura, sino también a la hora de plantear la imposibilidad de comunicación con un ser sintiente, con evidente conciencia de sí mismo, pero completamente ajeno a nuestras herramientas humanas para percibir la realidad.

Como casi siempre, Leo se hace fuerte en el desarrollo de un mundo fantástico coherente y fascinante. La fauna y la flora de Aldebarán son arrebatadoras, aunque menos explotadas que en otros relatos. Diría que el principal atractivo de sus historias, al menos para mí, es esa sensación de safari de lo freak que transmiten los ambientes recreados. El aire documental sobre una naturaleza imposible se refuerza en este caso en la recta final, con esa cautivadora travesía por los mortales pantanos de Aldebarán. La imaginación que Leo le echa a cada una de las criaturas diseñadas es tan excepcional como siempre. Mención especial a ese pulpo cazador con capacidad de imitar a sus presas, tan escalofriante como sólo puede ser un yokai japonés.

aldebaran la criatura

En Aldebarán hay una descripción más exhaustiva que en otras ocasiones de la actividad colonial en el planeta hollado. La tecnología se halla en retroceso (100 años de aislamiento y dictadura han hecho estragos), y varios de los personajes que conocemos se dedican a labores muy rudimentarias como la pesca o la caza. La música está prohibida y actividades propias del desarrollo, como el periodismo, sufren sus peores días. Las ciudades grandes que aparecen, como la deseada Anatolia, recuerdan mucho al Brasil de Leo, al menos estéticamente, y el pueblo natal de los protagonistas tiene aspecto de primitiva aldea caribeña. Las trazas de tecnología y los escenarios cósmicos no vendrían hasta entregas posteriores. En este caso, llegados a un punto del relato, la trama se va por las ramas con las idas y venidas de Kim y Mark; momento en el que baja su intensidad, pero que por otra parte aporta vida propia a dicho mundo relativamente arcaico recreado por Leo.

Resumiendo, y como dice el mismísimo Moebius en la lisérgica introducción del libro, uno de los efectos secundarios de Aldebarán es la privación de sueño. Una vez iniciada la lectura es imposible detenerla. Especialmente indicado para aquellos que disfrutamos con las historias de exploración, aventura y descubrimiento; y cuanto más alejadas de nuestro mundo, mejor.

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Mario

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves Skrull más allá de Apokolips. He visto al Doctor Manhattan brillar en la oscuridad cerca de la Zona Azul de la Luna. Todos esos momentos, guerra química y podcast.

  • Rederick

    21 octubre 2017 #1 Author

    El problema es que el asunto machismo/feminismo/(hembrismo) huele mucho a podrido en 2017 por tanto uso. Me lo encuentro tan a menudo que ya pido un respiro. Espero que dentro de poco podamos pasar página, relajar esfínteres y volver a la libertad creativa (sin el aliento de nadie en el cogote) de los años 80 y 90. Y aunque duela: El progre es el nuevo rancio-abuelo cebolleta del perenne ceño fruncido, vigilante de la religión única y repartidor del calificativo “cuñado” con cadencia de Tourette.

  • Bones

    23 octubre 2017 #2 Author

    Yo el problema que veo es que siga habiendo gente que equipara machismo y feminismo como si fueran dos caras de la misma moneda. ¿También equiparas racismo con igualdad y genocidio con derecho a la vida? Tsk…

  • Rederick

    26 octubre 2017 #3 Author

    Querido Bones -y sin ánimo de fomentar un debate a mayores- vuelve a leer lo que he escrito: “machismo/feminismo/(hembrismo)”. Lo de “hembrismo” es por algo. Es un mal muy habitual de estos tiempos la falta de comprensión en la lectura, sobre todo, cuando el juicio delega en el prejuicio y utilizamos este último como filtro de todo lo que leemos. Tu intervención es un claro ejemplo de a lo que me refería, repito por tanto: “relajemos esfínteres”, no hay machistas, racistas, istas, istas, istas… debajo de cada piedra. Inquisición 2.0.

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