Empecemos poniendo polémica encima de la mesa: no me gusta Jack Kirby. Sí, no le voy a negar sus méritos. La mitad (siendo prudente)...

Empecemos poniendo polémica encima de la mesa: no me gusta Jack Kirby.

Sí, no le voy a negar sus méritos. La mitad (siendo prudente) de los conceptos del Universo Marvel son suyos. Pero su calidad como dibujante (sí, por muy ágil que sea y por mucha perspectiva Kirby) siempre me ha parecido cuestionable, y los tebeos que he leído en los que él dibujaba nunca me parecieron gran cosa.

¡Hereje! ¡A la hoguera con él!

Espera, espera. Déjame que me explique. Me resultan mucho más agradables de leer otros dibujantes contemporáneos suyos, como John Buscema o Jim Steranko. Pocos años después, Kirby ya había sido ampliamente superado por gente como Barry Windsor-Smith. Y años antes de la llegada de Kirby ya estaban por ahí gente como Hal Foster o Will Eisner. Alguno añadiría a Hergé, pero yo no. ¿Qué revolucionó Jack Kirby, entonces? El, por entonces, anquilosado género de los superhéroes. Es de recibo reconocer que las páginas de Kirby son mucho más dinámicas y vibrantes que las de los primeros artistas de la Silver Age, como Sheldon Moldoff, Carmine Infantino o Curt Swan.

Entonces, ¿cuál es el problema que tengo con Kirby?

Fundamentalmente, uno. Que los tebeos de los primeros años de Marvel me resultan soporíferos. Sí, están llenos de conceptos memorables, y quien diga que los 4F, Galactus, el Capitán América, Hulk o los X-Men no son conceptos llenos de fuerza lleva 50 años mirando hacia otro lado. Pero es que los primeros tebeos de Marvel, los de Lee y Kirby… no, no puedo. Por un lado, las historias son muy planitas. Para alguien que entró de lleno en la segunda mitad de los 80, los tebeos de los 60 tienen muy poquita chicha argumental. Y luego los diálogos. Oh, los diálogos. “Para una chica, cualquier comentario invita a retocarse los labios, grandote”  o “Reed, me voy a un desfile de moda”.

Hace tiempo empecé a pensar que el problema quizás no fuera Jack Kirby. Que a lo mejor era Stan Lee, que es un pureta que quizás en los 60 fuera un tío yeyé superchachi, pero ahora huele a naftalina. Así que me dio por echarle un ojo a algo de Kirby sin Lee de por medio. La obra elegida fue el primer Ómnibus del Cuarto Mundo.

Uauh. Menuda diferencia.

El Cuarto Mundo es una obra… diferente. De creatividad desatada. La cotidianeidad que se respiraba en las obras de JK en el Marvel por aquí no asomaba. Todo son conceptos innovadores, todo es cósmico, todo es… imaginación pura, desatada. Sin control. Sin ningún tipo de control.

Y entonces empecé a ver el sentido de la simbiosis Lee/Kirby. Jack aportaba la imaginación, la creatividad… pero corría como un caballo desbocado. Stan, en cambio, tenía ideas tan buenas como pudiera tenerlas el co-creador (con el tiempo hemos sabido que eran bastante más que meros dibujantes) que tuviera al lado. Desconozco si será cierto, pero circula la leyenda urbana de que en una ocasión le pasó el guion de un número de Spider-Man a Steve Ditko escrito en una servilleta de papel. En una sola frase. “Este mes, Spider-Man se pelea con el Duende Verde”. Pero esa –quizás– falta de imaginación la suplía con una visión global impecable, con una conexión con el lector medio total… y con una dirección definida para las series que escribía. Lo cual, teniendo a Jack Kirby al lado, no es que fuera conveniente… es que era imprescindible. Sinergia, que dicen en los bingos corporativos.

Y vamos llegando al tomo que nos ocupa.

En su paso por DC, Kirby dejó bien claro cuáles eran sus intereses. Con la creación del Cuarto Mundo, con Darkseid y el Alto Padre, con Apokolips y Nueva Génesis, estableció el pilar cósmico sobre el que se basa el Universo DC, y aún hoy en día sigue plenamente vigente. Es la parte fundamental de Crisis Final de Grant Morrison, el enfant terrible/niño bonito de DC, es el eje del Fin del Mundo que ha terminado con Tierra-2 (una de las mejores series que nos trajeron los Nuevos 52), y grandes autores le han rendido honores. John Byrne en su Fourth World, Walt Simonson en su Orion, y Jim Starlin en Odisea Cósmica.

Y ya estamos aquí. Acabados sus años en DC, Kirby vuelve a Marvel, y en esta nueva etapa guioniza y dibuja. Y su primer aporte se recoge en este tomo. Con todos ustedes, Los Eternos.

Eternos

Libertad creativa total. Haz lo que quieras, que decía Aleister Crowley. Y eso hizo en el regreso a casa Jack.

¿Qué hay más cósmico que un relato de creación de la vida en la Tierra? Bueno, quizás añadir al lote alienígenas y dioses. Y teniendo en cuenta que por aquella época estaba de moda la Teoría de los Antiguos Astronautas, y teniendo en cuenta que no había un mito de la creación en Marvel, todas estas ideas debieron hervir juntas en la cabeza de Jack dando lugar a otro gran concepto. Quizás no fuera tan rompedor como el Cuarto Mundo, pero es que el rincón cósmico de Marvel ya estaba poblado. Ya estaban por ahí Galactus, los Kree, los Skrull, Uatu, los Inhumanos… así que conseguir meter algo nuevo era más complicado. Pero lo hizo, joder. Claro que lo hizo.

Empieza la historia con una excavación arqueológica investigando restos incas. Y aparecen evidencias de que esta cultura tuvo contacto con seres extraterrestres, momento en el que Ike Harris, uno de los investigadores, desvela que no es humano, que pertenece a otra especie llamada Eternos y que su nombre real es Ikaris.

Y resulta que esos seres que vinieron del espacio exterior, los Celestiales –diseño Kirby reconocible a primera vista–, han venido ya en tres ocasiones. La primera, como creadores. Experimentaron con los primates nativos de la Tierra y dieron lugar a tres razas: Humanos, Eternos y Desviantes. Los Eternos son una fuerza defensora, de gran belleza y poderes sobrehumanos. Los Desviantes, en cambio, son una raza agresiva y destructora de rasgos horripilantes e inestables. Volvieron los Celestiales hace 18000 años, y los Desviantes los atacaron. Hundieron Lemuria, la ciudad Desviante, se hundió Atlantis y las inundaciones debidas a la actividad Celestial dieron lugar al multicultural mito del Diluvio. La tercera Hueste vino sólo a observar y fue la que se estableció entre los Incas. Y en el primer número de este tomo se plantea la llegada de la Cuarta Hueste…

Y con ello tenemos una cosmología completa y coherente. Los humanos somos nosotros, los Desviantes son los demonios, los seres de pesadilla, los terrores atávicos. Y los Eternos son los Dioses. Los Dioses griegos, más aún, con obvias similitudes fonéticas. Tenemos a Ikaris, que vuela, como Ícaro. A Sersi, cuyo nombre escribió mal Homero y pasó a ser conocida como Circe. A Ajak/Ajax. A Makkari, el velocista, Mercurio. Thena, la hija de Zuras, que es Atenea. Y Zuras, el líder de los Eternos, hijo de Kronos, es Zeus, hijo de Crono.

Pero claro, los dioses griegos ya estaban establecidos en el Universo Marvel, y Hércules llevaba apareciendo regularmente desde el primer anual de Journey Into Mystery de 1965, once años antes. ¿En qué queda entonces la relación Eternos/Dioses Olímpicos? En un extraño encaje de bolillos que nunca ha terminado de cuadrar, y que debería haberse dejado fuera de continuidad. Pero claro, si se hubiera hecho tal cosa, se habría perdido un concepto tan poderoso como los Celestiales, y delirios como Tierra X no habrían sido posibles…

¿Veis lo que decía de controlar un poquito la creatividad desatada de Kirby?

Y la edición en castellano, ¿qué tal? Pues hablando claro y en pocas palabras: impecable. La primera (y única, de momento) Marvel Limited Edition que he comprado ha sido una experiencia deliciosa. Precioso diseño de portada, papel de muy buena calidad y totalmente apropiado para el color reproducido, todas las portadas originales al principio de cada número y unos cuantos artículos que meten en situación sin resultar excesivos… ¿Algún pero? Venga, vamos a poner uno. Casi 40€ por 392 páginas no es precisamente un precio popular… pero la verdad es que no estamos ante un producto para todo el público. Y el lujo se paga, y este es uno de los productos mejor acabados que he visto en el mercado nacional en mucho tiempo.

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Enrique Acebes

Enrique Acebes

Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

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