Repasemos, Lo que más me gusta son los monstruos estuvo en 136 listas de los mejores cómics de 2017 en USA (y probablemente otras... Desde la pila. Lo que más me gusta son los monstruos

Repasemos, Lo que más me gusta son los monstruos estuvo en 136 listas de los mejores cómics de 2017 en USA (y probablemente otras tantas en España en 2018). Venía avalada por nada menos que tres premios Eisner, dos Ignatz y una nominación a los Hugo y nombres como Art Spiegelman, Alison Bechdel o Chris Ware la alababan. Cuando un fenómeno como éste pasa por debajo de tu radar y para cuando llega a ti, ya ha llovido un puñado de meses y viene con un mito en la chepa como éste, hay dos opciones: te lo lees de inmediato o esperas el momento de poder paladearlo.

Lo que más me gusta son los monstruos

Y así, Lo que más me gusta son los monstruos se ha pasado más de un año esperando en mi pila de lectura con sus 416 páginas y su aspecto poco convencional hijo bastardo de los cómics de EC y el underground de los 70, que de algún modo resultaba casi más abrumador que atrayente. No hay duda del despliegue de barroco virtuosismo, pero también de que la estética abigarrada y desordenada tal vez no resultaban el mejor de los reclamos.

Encima este tebeo venía con su propia historia que encumbraba su leyenda. Por más que Emil Ferris, su autora, tuviera una dilatada carrera como ilustradora, a sus 55 años no había publicado nunca un cómic. La idea le vino en el periodo en el que, debido a la picadura de un mosquito, contrajo el virus del Nilo y perdió el uso de sus piernas y su mano derecha. Con una hija a su cargo y atravesando penurias económicas, decide estudiar escritura creativa y el resultado, varios años y mucho trabajo después, es este primer tomo de los dos que formarán el total de Lo que más me gusta son los monstruos.

Tal vez peque de escéptico, pero con toda esta historia de drama, adversidades y superación personal y toda la maquinaria publicitaria de premios y nombres célebres aclamándola, no tenía toda la confianza del mundo en esta obra. Con la obra leída por fin puedo afirmar sin reservas que Lo que más me gusta son los monstruos no es para tanto… y a la vez sí lo es.

Lo que más me gusta son los monstruos

Lo que más me gusta son los monstruos tiene absolutamente de todo. Tiene todo lo que tienen los tebeos que no me gustan, tiene lo que tienen los tebeos que más me gustan e incluso tiene algunas cosas que tal vez no había visto nunca en un tebeo.

Lo que más me gusta son los monstruos es una de esas historias de autobiografía elástica, donde la realidad y la ficción se mezclan a capricho casi displicentemente. Nos habla de Karen Reyes una niña de 10 años que encierra parte de la infancia de una la Emil Ferris con escoliosis y dificultades motoras. Karen está obsesionada con los monstruos de la Universal y los comics de EC y se ve a sí misma como un pequeño monstruito (adorable). Tratar de decir en unas pocas palabras lo que contiene su historia es poco menos que imposible. Vamos a encontrar dramas familiares, historias sobre el bullying, el ser diferente en un colegio católico, racismo, un fresco de los barrios humildes de Chicago de principios de los 60 (con retazos que podrían recordar a la trilogía de New York de Eisner), pérdidas personales, secretos… pero es que además el detonante de la historia es la muerte de Anka Silverberg, una vecina de Karen, y como si esto fuese una muñeca matrioshka, dentro de la historia de Karen nos metemos de lleno en un particular whodunit y descubrimos el pasado de Anka como niña judía prostituida en la Alemania de la República Weimar y posterior víctima del holocausto.

Lo que más me gusta son los monstruos

Tal vez podríamos decir que la historia de Lo que más me gusta son los monstruos es tan abigarrada y caótica como su dibujo e igualmente impactante y bella. Emil Ferris mezcla enmarañadamente autora, protagonista y narradora, tanto en guion como en el dibujo, motivo por el que encontramos bruscos cambios de registro en la estética. Pese a que toda la obra está dibujada con bolis Bic, los estilos se mezclan en función del narrador y la narración de una forma casi jactanciosamente confusa. Con la excusa de la visión de una niña (o mas bien la trampa de la visión de un adulto fingiendo la visión de una niña) tenemos una historia que se carga abusivamente en el texto de apoyo, casi más interesada en la mayoría de los casos en las formas narrativas de los libros ilustrados que en una narrativa gráfica secuencial al uso. El resultado es un ritmo que se ve fuertemente dañado en muchísimos momentos, presa del texto en off, pero también una capacidad expresiva de la propia plasticidad del dibujo con la que no se juega habitualmente en los cómics. No hay duda de que hay un montón de hallazgos visuales y narrativos en Lo que más me gusta son los monstruos, pero la sensación lectora resulta abrupta y por momentos hasta incómoda.

Por descontado que los dibujos de Ferris son de una belleza plástica tan evidente que casi no merece la pena ni mencionarlo. Su reproducciones a boli de portadas viejos comics o de pinturas de Delacroix o Fuseli son absolutamente deliciosas, pero más allá del goce estético, el tiempo y detenimiento que precisan en la lectura puede llegar a ser un lastre en ciertos momentos en el ritmo narrativo.

Lo que más me gusta son los monstruos

Lo que más me gusta son los monstruos está repleto de imposturas, incorrecciones e improvisaciones, pero más allá de que hasta cierto punto pueda venir a cuento en este relato sobre lo normativo y lo diferente, lo que tiene este cómic que prevalece sobre cualquiera de estas pegas es la potencia de una gran historia que contar. Por más batiburrilo de ideas que pueda ser, los personajes y las historias que encierra son profundamente atractivos. Pese a no terminar de cerrar nada en este primer volumen, la sensación de saciedad es completa al terminarlo.

La verdad es que Lo que más me gusta son los monstruos me ha causado tanta fascinación como rechazo. Esta historia plagada de hombres grotescos y divas decadentes, de monstruos reales y ficticios que surgen en los momentos difíciles, de fantasías escapistas y realidades terribles, tal vez no es el tipo de tebeo que más me gusta leer, pero sin duda es una historia que necesitaba leer.

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Alain Villacorta "Laintxo"

Fue picado por un cómic radiactivo y ahora ve el mundo a través de viñetas y tiene el sentido de la realidad proporcional de un tebeo. No os preocupéis, no es peligroso... creo...

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