Sôichi es como ese muñeco que te daba miedo de pequeño y que no arrojaste a la basura porque habías visto en cierta película... Las caprichosas maldiciones de Sôichi 2, de Junji Ito

Sôichi es como ese muñeco que te daba miedo de pequeño y que no arrojaste a la basura porque habías visto en cierta película que las represalias podían ser un calvario. Un mal gesto, o cuatro palabras de disconformidad frente a Sôichi, y adiós a tu tranquilidad. Lo bueno de este siniestro chiquillo es que sólo sufren el resto de personas que le rodean en el papel, mientras que tú, como lector, te dedicas a hacer las risas enlatadas de fondo.

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Hace unos días ECC Ediciones publicaba Las caprichosas maldiciones de Sôichi 2, volumen que cierra la colección; una publicación con el inconfundible sello del mangaka Junji Ito, aunque con un tono un poco menos tétrico, y algo más cercano al humor. Bueno, ya sabéis, humor para unos… «¿qué diantres es esto?» para otros.

Para quien todavía no conozca a Sôichi, Junji Ito ha parido un personaje joven bastante retraído y narcisista, con una susceptibilidad disparada que hace que cualquier pequeño gesto sea interpretado por el muchacho como una afrenta; y soliviantar a Sôichi se paga caro. Mientras que un crío normal reaccionaría con pataletas, llantos o refugiándose en su caparazón, Sôichi responde con vudú, maldiciones, lanzando clavos… o simplemente llevándote hasta los extremos de la desesperación. El típico niño «picón», pero con una mala baba que parece insuflada por el mismo Belcebú.

Se puede decir que el segundo tomo tiene un tono igual que el primero. Las caprichosas maldiciones de Sôichi sigue siendo una especie de sitcom, con todos los ingredientes costumbristas de una comedia —día a día de familia japonesa de clase media en escenarios recurrentes— aunque alejándose de lo habitual gracias al sello macabro de Junji Ito. Es como un experimento que se queda un poco a medias de todo: ni es un ejemplo de rompedora imaginación terrorífica como acostumbra a darnos el autor japonés, ni termina por meterse de lleno en el terreno del humor. Los momentos en los que Sôichi se pone pesado hasta la extenuación, o cuando sus planes no se resuelven como esperaba, aparece el ramalazo cómico de la obra y se disfruta; el resto del tiempo, el arte de Ito atrae —dientes, pelos, dedos… y demás atrezo horripilante—, pero la historia es bastante previsible y tampoco especialmente aterradora.

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Hay un elefante en la habitación

Creo que lo que más me gusta y destaco de Las caprichosas maldiciones de Sôichi, es lo mismo que destacaría del resto de repertorio dramático y de terror de Junji Ito: ese gusto por las formas que nos perturban, y la facilidad para encontrar la manera de plasmarlas en viñetas. Yendo a lo fácil, hablaríamos por ejemplo de la desagradable boca del protagonista llena de clavos, que a uno le hace preguntarse si el cabroncete no se pincha con todo ese metal puntiagudo metido entre los dientes; pero ya no me refiero tanto a ese detalle, como al capítulo titulado La habitación de paredes cuádruples. En este capítulo, el primero del tomo, aparece una habitación formada por cuatro capas concéntricas de paredes a modo de muñecas rusas. El último compartimento, habitable, es una claustrofóbica habitación insonorizada con una pequeña mesa de estudio y una luz, y entre cada una de las capas de la habitación, Sôichi es capaz de deslizarse por diminutas aberturas. Jugando con la geometría, Junji Ito consigue un efecto altamente claustrofóbico y desagradable para las mentes algo susceptibles. Otro punto para las matemáticas.

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Cuatro esquinas tiene mi cama…

En Las caprichosas maldiciones de Sôichi 2 pierde peso el tema del vudú y los muñecos, que eran recurrentes durante toda la primera entrega, y da la impresión de que el hilo principal de la historia pone punto final en el tercer capítulo de este volumen, punto a partir del cual el autor empieza a hacer algo así como what if… e historias transversales que en algunos casos están resueltas de manera bastante tramposa. Hace que dé la impresión de estar estirando el chicle, para resolver esta yuxtaposición de historietas con otra que vuelve a la línea principal de la serie, y que tampoco es que parezca un claro punto y final. No sé, es un poco extraño. Supongo que viene derivado de su forma de publicación original por entregas.

En resumen, creo que el autor ha creado un personaje bastante icónico, y diría que he disfrutado de Las caprichosas maldiciones de Sôichi —y un seguidor de Ito lo hará—, me ha mantenido enganchado la mayor parte del trayecto y tiene parte de los elementos de Junji Ito que me desagradan y atraen al mismo tiempo —por los que sigo leyendo sus obras—, aunque también debo decir que esa falta de interés por cerrar la serie de una manera un poco más clara, y esa sensación de desorientación de los últimos capítulos, hacen que pese a apreciar este extraño híbrido entre el horror y la comedia, me deje un regusto agridulce.

Hora de peinar a los «moñecos», si no lo hago se enfadan, arrancan hojas de mis tebeos, y me hacen cortes de papel entre los dedos del pie mientras duermo.

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Las caprichosas maldiciones de Sôichi 2
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Jaime G. Rueda

¿Qué decir? Si mezclas las más brutales paranoias de Charles Burns y Brandom Graham te quedas corto para describir la mierda que deambula por mi azotea. Esperad, ¿lo oléis?... creo que se me está quemando la comida. Ahora vuelvo. @Jaime_G_Rueda @elhdlt

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