En 1987, justo después de Leyendas (primer gran evento deceíta tras las inolvidables Crisis), los gerifaltes de la editorial aprueban la publicación del enésimo... Liga de la justicia | JLI, de Giffen, DeMatteis y Maguire

En 1987, justo después de Leyendas (primer gran evento deceíta tras las inolvidables Crisis), los gerifaltes de la editorial aprueban la publicación del enésimo «renacer» de la Liga de la Justicia de América. La tostada que Andy Helfer, editor encargado del relanzamiento, tenía entre manos no era pequeña. La JLA debía volver, pero los personajes más importantes de la casa estaban a otras cosas. En Superman estaban de reformas, cortesía de John Byrne y todavía aprovechando la estela del éxito arrollador de las pelis de Richard Donner. Wonder Woman también era revitalizada por George Pérez. Y lo mismo para el Flash de Mike Baron. Vistos los mimbres, al menos con el socorro de Batman, Helfer decidió aliarse con Keith Giffen para que creara algo distinto, algo que por fuerza debía arriesgar e intentar ser más original y fresco que lo esperado para una serie a priori tan inamovible. Así nace la JLI.

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A estas alturas ya sabemos que Helfer le colgó el mochuelo a Giffen con poco más que un par de palmaditas en la espalda; pero, eso sí, otorgándole libertad creativa prácticamente total. El experimento, como en otras ocasiones, funcionó. El escritor neoyorquino se rodeó de los mejores profesionales posibles para abordar la majarada que tenía en mente: J. M. DeMatteis escribiría los diálogos y, al menos de primeras, Kevin Maguire se encargaría de los dibujos. Todo el tinglado iba a girar en torno a la apuesta principal de Giffen: el sentido del humor. Una sitcom con superhéroes, un club de tipos disfrazados a los que les pasaban cosas, pero desviando la atención de la amenaza de turno y centrándola en sus propias reacciones y en las relaciones personales entre ellos. Como en los casos más famosos, los de Miller en Daredevil, Simonson en Thor o el propio Alan Moore en La cosa del pantano, por poner ejemplos de proyectos condenados al fracaso (en esos casos porque sus ventas languidecían) que fueron entregados a la desesperada a autores emergentes; Giffen, DeMatteis y Maguire pusieron la Liga de la justicia en la parte alta de la parrilla de salida. Aunque posiblemente de un modo que muy pocos esperaban.

Las señas de identidad de la nueva Liga de la justicia pronto se harían notar: diálogos ágiles y tremendamente ingeniosos, en dirección contraria a lo que DeMateis había estado haciendo hasta la fecha, chistes recurrentes y latiguillos pegadizos. En contraposición, menos acción y aventura de lo habitual, escenarios cerrados y predominancia de las expresiones faciales frente al heroísmo y la sensación de maravilla. Para el recuerdo algunas interacciones entre personajes: esta vez resultan impagables los duelos dialécticos entre Batman y el mejor Green Lantern que ha habido, Guy Gardner, con Canario Negro y el naif Capitán Marvel siempre en medio de vaciles y exabruptos, a modo de daños colaterales. Y esto para la primera entrega, en adelante Maxwell Lord y Oberon, Booster Gold y Blue Beetle… Un no parar de relaciones excepcionalmente bien escritas que oscilan entre el asco, la camaradería o incluso el amor romántico.

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ECC Ediciones recoge aquella inusual etapa del grupo más importante de DC Comics, que se alargó durante unos cinco años y de la que también nacieron distintos spin-offs. El tomo que hoy nos traemos entre manos contiene los siete primeros números de la serie regular, todos ellos con el estilo pulcro y efectivo de Kevin Maguire. Detalle éste a tener en cuenta, ya que al dibujante de New Jersey no tardarían en fallarle las fuerzas. Como él mismo dice, su fuerte no es la velocidad. En entregas sucesivas, Maguire será sustituido aleatoriamente por distintos autores con suerte desigual, pero sin duda su impacto en la colección es el que ha pasado al imaginario colectivo. Y en cuanto al color, esto tengo que decirlo, la paleta de colores extremadamente pálidos empleada por Gene D’Angelo puede ser la pesadilla de alguien (alguien) con una mutación asociada a la percepción cromática.

En cuanto al efecto del paso del tiempo. Los primeros números de la serie son un reflejo delicioso de la época en la que está escrito el tebeo, y no sólo por el peinado de Dinah Lance. La relevancia de los mass media, hoy en caída libre, resulta omnipresente. Jack Ryder, típico periodista sin escrúpulos, es una de las figuras más repetidas en las producciones de la época, a la manera del sensacionalista Richard Thornburg en La jungla de cristal, por poner un ejemplo. Por otro lado, los soviéticos son los malos, como no podía ser de otra manera en los 80, aunque quizá ya no tan malos en aquel final de década. En la propia cabecera de la serie regular ya se aprecia una intencionalidad por sacar a la Liga del ámbito local: los seis primeros números son titulados como Justice League, a secas, sin América de coletilla hortera, y el séptimo directamente pasa a titularse Justice League International.

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En definitiva, este primer tomo dedicado a la JLI incluye todo lo que en adelante podemos esperar de la serie: comedia, conspiración (Maxwell Lord mediante), aventura y al Hombre Gris lobotomizando a la gente con su mente colmena; porque los soviéticos pueden entrar a formar parte de una Liga de la justicia internacional, pero hay cosas que tampoco conviene olvidar. Una buena muestra de lo que está por llegar en dosis aún más potentes. Una de las colecciones de superhéroes más divertidas, atrevidas y renovadoras de su época.

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Mario

He visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves Skrull más allá de Apokolips. He visto al Doctor Manhattan brillar en la oscuridad cerca de la Zona Azul de la Luna. Todos esos momentos, guerra química y podcast.

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