Ha muerto Jiro Taniguchi (Tottori, Japón. 1947-2017). El mundo del cómic hace que existan autores a los que les tienes, más que admiración o afición por su trabajo, verdadero cariño. Y Jiro Tanighuci era para mí uno de esos autores. Es un autor al que me “presentó” mi librero de Sevilla. Recuerdo que un día que vio que me interesaba por un manga, y supongo que con el lógico olfato comercial y ver una vía de ventas más que evidente, me preguntó si conocía a Taniguchi.

El caminante.

Por aquella época no solía leer apenas manga. Cogió de una estantería la recién salida edición de El caminante y me dijo: “Llévatelo. Si no te gusta, me lo devuelves”. Llegué a casa, con curiosidad, me senté en el sillón, lo abrí y empecé a leerlo. Lo leí en apenas una hora. Terminé de leerlo y pensé: “Vaya chorrada. Un tío dando paseos. Pues se ha lucido con la recomendación…”. Me encontraba muy bien. Estaba realmente relajado y lo volví a abrir. Y empecé a leerlo otra vez. Caminé con su protagonista por las calles. Disfruté de la flor del cerezo. Me identifiqué con esas sensaciones de recuerdos del pasado. Y me lo terminé por segunda vez. Pensé que para haberme parecido una chorrada me lo había leído de seguido dos veces. Era sábado. La mañana de domingo siempre ha sido mi momento preferido de la semana para leer porque como suelo madrugar me encanta leer con el silencio de un día festivo. Volví a cogerlo y me lo volví a leer una tercera vez. Y me di cuenta de que era una obra extremadamente relajante. No cuenta nada más que las sensaciones de un tipo al caminar y ver el paisaje que le rodea. Pero el malvado librero había conseguido su propósito. Había provocado que sintiese curiosidad por su obra. Fue un movimiento muy arriesgado. Tal vez no sea la mejor obra de Taniguchi para acercarte por primera vez. Pero conocía ya mis gustos y le funcionó. Después, atacó con artillería pesada. Ya estaba perdido…

El almanaque de mi padre.

Había oído hablar bien de esta obra, pero mi prioridad por otro tipo de cómic hizo que desviara la atención y no había reparado siquiera en él, a pesar de que oía muy buenas críticas. Ahora resultaba que ese cómic del que todo el mundo hablaba era obra de ese autor que me había cautivado con la misma habilidad que un carterista te birla en el metro el monedero. En esta obra, un tipo adulto acude al velatorio de su padre y vuelve a enfrentarse a un pasado del que sin darse cuenta se ha ido alejando involuntariamente. Su infancia se vio marcada por el divorcio de sus padres, algo que nunca entendió. Ahora, todos esos silencios y todo eso que se obvió vuelve a salir a la luz… y se da cuenta de que ahora que es adulto, ve las cosas con otros ojos y puede entenderlo mejor.

Una obra que me hizo sentirme identificado. Primero porque yo también soy hijo de padres divorciados (aunque me cogió con más edad que al protagonista de esta obra), pero sobre todo porque la leí con una edad en la que ya empezaba a sentirme adulto en el sentido de responsabilidad, sacar una familia adelante… Y el maldito Jiro volvía a dar en la diana y me volvía a enseñar una de sus obras que hacía que me quedase con el cuerpo sin saber qué paso toca dar. Necesitaba seguir avanzando en ese viaje particular por su obra. Necesitaba conocer más. De momento, encontraba como factores comunes la paz, la tranquilidad, la familia,… ¿Qué vendría ahora?

Barrio lejano.

Curiosamente opté por esta obra, a la que había leído buenas críticas. Al principio fue un pequeño chasco porque me parecía la misma historia de El almanaque de mi padre contada desde otra perspectiva, la del tipo que de repente vuelve al pasado a cuando tenía 14 años e intenta que su padre no los abandone y se vaya de casa. Pensaba que era la misma historia, pero no. Aquí no se trata de recuerdos, aquí Taniguchi nos cuenta que por mucho que intentemos cambiar nuestro destino, ya está escrito. Una obra fabulosa, con un toque fantástico, que la convirtió en otra de las imprescindibles. Ya estaba perdidamente enamorado literariamente de Taniguchi. Ya no podía hacer nada. Pero sin embargo, creía que necesitaba conocer mejor al autor. Algo me decía que aún no sabía nada de él. Y efectivamente, me faltaba conocer su faceta de amante de la montaña… y de la naturaleza.

Seton. El naturalista viajero.

Con esta obra me dejó un poco perplejo. La compré por delante de otras a las que tenía más ganas porque estaba saldada. Y gracias a ello descubrí esta faceta de amante de los animales que luego confirmaría con obras como Skyhawk o la inconclusa Blanco. El sabueso, la cual tengo pendiente, también entraría en esta categoría, así como El viajero de la tundra. Taniguchi era un defensor a ultranza de los animales y mostraba muchísimo cariño a la hora de tratarlos. Con Seton nos cuenta tres historias independientes en cada tomo, la de un lobo, la de un ciervo y la de un lince. De hecho, también contó la de un oso, pero Ponent Mon dejó el último tomo sin publicar. Los dos primeros libros son espectaculares, con un nivel de intensidad e intriga poco habituales en lo que había leído, dominado por obras más sosegadas. Sí, ya estaba preparado para conocer su otra gran pasión: la montaña.

La cumbre de los dioses.

También conseguí esta obra de 5 libros saldada, y aún no la he terminado. Es como esas series que te gustan tanto que te da pena acabarlas. Con La cumbre de los dioses, dibuja el guión de Yumemakura Baku sobre un tema que no me interesa mucho como es el montañismo, pero lo hacen de una manera tan apasionada, que acabas queriendo conocer la historia de este hosco montañista cuya vida la centra en vencer a la montaña sin los medios de sus demás competidores por coronar picos de montañas y realizar hazañas que les proporcionen fama. Más o menos ya conocía los temas que dominaban la obra del japonés. Pero todavía quedaban un par de sorpresas por descubrir…

Los años dulces.

Posiblemente mi obra favorita de Taniguchi. Me permito cambiar el recorrido tramposamente, porque a decir verdad la última que aquí cito la leí antes que esta, pero como es un homenaje a Taniguchi, me permito hacer lo que sin duda haría el maestro, y es que el viaje queda mucho mejor si forma un ciclo. Con Los años dulces descubrí que podía contar una historia de amor muy incómoda… y preciosa. Tiene mucho en común con la siguiente, y es que cuenta la historia de un profesor jubilado que come en esos restaurantes de barra japoneses, y en uno de ellos se reencuentra con una antigua alumna. Esta joven es algo solitaria y muy introvertida. Recuperan el contacto y comparten su soledad compartiendo mesa (o barra) y haciendose compañía. Una obra que me encanta porque sin ser en absoluto explícita, te permite ver cómo nace una bonita relación entre ellos. Pero la diferencia de edad es tal que piensas que nunca puede llegar a funcionar y que el autor no se atreverá a contarnos una historia de amor entre ellos… Los años dulces es, como su propio nombre indica, una de las obras más dulces del autor.

El Gourmet Solitario y Furari.

Y llegamos al final de este viaje… volviendo al principio. Con estas dos obras recuperé la sensación de paz de El caminante. El gourmet solitario y su secuela Paseos de un gourmet solitario cuentan cómo el protagonista va de bar en bar probando la gastronomía japonesa. No cuenta nada. No tiene un hilo argumental. Solo es un tipo comiendo en bares y eligiendo cada bar por sus especialidades. Y explicándolo. Y abriéndote el apetito… Unas obras calmadas que te transmiten paz y te hacen sentir un voayeur.

Y no podía acabar sino con Furari. Una versión de El caminante con un cartógrafo de la Edo de principios del siglo XIX. Cuenta una historia muy similar, pero en esa Tokyo del pasado, lo cual sirve para que nos fijemos en sus costumbres y cómo evolucionó la ciudad… Otra obra llena de paz.

Con este artículo he querido hacer un viaje como el de Furari o El caminante. Recorrer su obra deteniéndome en las sensaciones que me produjeron su lectura. Me dejo muchas obras: Un zoo en invierno, Tierra de sueños, Ícaro, Cielos radiantes, El olmo del cáucaso… Pero eso tocará con otro viaje. Si te apetece, cuéntame aquí tu viaje, o tus obras favoritas.

No siento lástima por las historias que nos vas a dejar de contar. Siento la necesidad de volver a tu legado, volver a sentir esa paz que ahora tienes tú. Volver a ese manga disfrazado de bande dessinée. De recuperar ese cómic universal, porque lo tuyo no se podía etiquetar. Buen viaje, maestro Taniguchi, y muchas gracias por lo que nos has dejado.

 

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Ha muerto Jiro Taniguchi (Tottori, Japón. 1947-2017). El mundo del cómic hace que existan autores a los que les tienes, más que admiración o afición por su trabajo, verdadero cariño. Y Jiro Tanighuci era para mí uno de esos autores. Es un autor al que me 'presentó' mi librero...