Hace un par de semanas, estuve casi toda la tarde del sábado en una tienda de cómics con los simpáticos dependientes contando batallitas de...

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Hace un par de semanas, estuve casi toda la tarde del sábado en una tienda de cómics con los simpáticos dependientes contando batallitas de adolescencia, vivencias varias y chorradas de índole sexual, para deleite y escándalo del comprador de turno.

Pasada una hora, más o menos, me fijé en un detalle. A lo largo de la tarde solo estaban entrando parejas. Algo que ocurrió hasta el cierre.

El acompaña a ella. Ella acompaña a el. Ellos se acompañan mutuamente. Fue, la verdad, bastante curioso, por que quitando la cara de asco de una chica, que creo que no respiró ni parpadeó en el rato que estuvieron en la tienda (ni cuando su novio se alegró al encontrar los tomos que le faltaban de Astroboy), el resto de las parejas encontraban la afición de sus respectivas parejas como algo normal. No solo aconsejaban, sino en algún caso hasta probaban hojear y comprar (eso si, mucho europeo o tiras cómicas) algún cómic.

Resultó muy entrañable, incluso cuando un padre apurado entró a última hora preguntando por camisetas de Star Wars para niños de cuatro años, maldiciendo lo frizako que su hijo se había vuelto por culpa suya.

Todo eso me parece muy interesante cariño, pero lo llevas crudo para que te acompañe a comprar mortadelos. Deja ese libro de cuentos y acompáñame a comprar unas bragas reductoras como regalo de San Valentín para mi madre.

Dirás carnavales.

No, San Valentín.

Que horror…

¿Decías?

Mierda..

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Marcos Miguel González "Markitos"

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