Empecemos entonando un sonoro Mea Culpa. Aunque en la actualidad leo prácticamente cualquier tipo de arte secuencial, de donde vengo es de los superhéroes. No...

Empecemos entonando un sonoro Mea Culpa.

Aunque en la actualidad leo prácticamente cualquier tipo de arte secuencial, de donde vengo es de los superhéroes. No fue hasta bien entrada la veintena que mi ahora paciente y adorada esposa me abrió los ojos a tebeos de otras procedencias y temáticas, como manga, europeo y underground americano. Sí, me he perdido auténticas joyas por el camino. Y sí, me he tragado morralla auténticamente infumable. Pero la madurez y una compañía apropiada me están haciendo redescubrir gran parte de ese material que debería haber leído y por no tener mallas de colorines había ignorado. Gracias a ella descubrí a Vicente Segrelles, a Miguelanxo Prado, a Jiro Taniguchi. Gracias a ella me acerqué a Hal Foster y a Junji Ito.

Y gracias a ella, fui al Saló del Cómic de Barcelona hace unos años, y en la clásica exposición de páginas originales vi alguna de El Cid de Hernández Palacios. Y me pregunté quién demonios era ese tío y por qué no conocía yo a un ilustrador de tal nivel.

cid

Hernández Palacios fue un pintor y publicista madrileño cuyo único contacto con el mundo del cómic hasta casi la cincuentena fueron un puñado de trabajos esporádicos. Cansado de su actividad, la abandona para dedicarse a la narrativa ilustrada. En 1970 empieza a trabajar en la revista Trinca de Ediciones Doncel, promovida por el falangista Frente de Juventudes, en la que, junto a Palacios, aparecieron los nombres de Abulí, Jan, Carlos Giménez, Víctor de la Fuente, Jaime Brocal Remohí, Ventura y Nieto o Esteban Maroto. En esta revista desarrolló dos de sus obras más conocidas, el western Manos Kelly y la histórica El Cid.

Se plantea el autor una obra a muy largo plazo. Es Don Rodrigo una figura suficientemente legendaria e importante en la Reconquista como para rellenar un buen puñado de páginas contando su vida. No olvidemos, además, que estamos en 1971, aún durante la dictadura franquista, aunque ya en sus últimos estertores, en la que la exaltación de los símbolos nacionales es parte fundamental de la propaganda del Régimen. Y quizás pecó de ambicioso, aunque el proyecto tenía contenido suficiente para ello. Su idea inicial era que la vida del Campeador abarcara entre 20 y 25 álbumes, pero el cierre de Trinca en 1973 tras 65 números dejó inconcluso el tercer álbum, que fue finalmente completado en 1982 en Ikusager, editorial alavesa en la que publicaba desde cuatro años antes una serie sobre la Guerra Civil Española, y publicó un cuarto en 1984. Nunca llegó a dibujarse el quinto álbum de la serie, del que el autor dijo en 1997 que tenía planificado ya su argumento, pero falleció tres años después sin encontrar editorial interesada en publicarlo. Qué buen vasallo si tuviese buen señor.

tumba el cid

Tumba de Rodrigo y Jimena, en el crucero de la Catedral de Burgos. «Rodrigo Díaz, campeador. Murió en Valencia el año 1099. ‘A todos alcanza honra por el que en buena hora nació.’ Jimena, su esposa. Hija de Diego, Conde de Oviedo, nacida de estirpe real.»

En los cuatro tomos que vieron la luz, que son los que recopila este integral de Ponent Mon, El Cid es aún un personaje secundario. La historia se centra inicialmente en el Infante Don Sancho, hijo del Rey de León Fernando I el Grande, del cual Rodrigo es su joven e impetuoso lugarteniente. La idea era ir avanzando por la historia hasta el momento en el que éste hubiera adquirido absoluto protagonismo.

El primero de ellos, Sancho de Castilla, es básicamente una presentación de personajes. Acaba de terminar la Batalla de Graus en 1063, a la que Sancho ha acudido a defender Zaragoza, gobernada por el emir Moctadir, que pagaba parias al Reino de León, del intento de invasión de los aragoneses y en la que ha fallecido su tío Ramiro. La comitiva del Infante vuelve hacia León, y por el camino, en el castillo de Usua, conoceremos a Adolfo Bellido, llamado a tener una importancia trascendental en la saga, y al vascón mudo Basurde.

Alfonso

Alfonso, el manipulador

En Las Cortes de León nos presenta a la Familia Real y seremos testigos de las intrigas palaciegas. El Rey Fernando cometerá uno de los mayores errores de la época, fraccionando el Reino entre sus cinco hijos y dando lugar a años de guerras y a rencillas que aún hoy tienen ecos. El Condado de Castilla, elevado a categoría de Reino, para el primogénito Sancho. El Reino de León y el título de Emperador para su hermano menor, Alfonso. Galicia para García, Zamora para Urraca y Toro para Elvira.

La Toma de Coimbra es motivo de orgullo para el autor. Según él, con lo que Menéndez Pidal escribió siete líneas, él hace un álbum completo. Aquí vemos un asedio y conquista posterior de una ciudad con toda la crudeza posible.

La Cruzada de Barbastro, cuarto y último álbum de la serie, empieza con el llamamiento internacional del Papa Alejandro II para tomar la ciudad oscense de manos musulmanas. Como consecuencia, la inestable paz de la zona se rompe, acabando el tomo con la conquista de Toledo y el fallecimiento de Fernando I, mostrando un cruce de miradas desafiiantes entre Sancho y Alfonso en su última página.

¿Y qué estaba por venir? Sólo podemos especular. Pero viendo el ritmo al que avanza la trama y conociendo el devenir de los acontecimientos posteriores, podemos suponer. En el quinto tomo, en que el autor dijo que volvería a aparecer Adolfo Bellido, se llevaría a cabo la división del reino y la coronación de los hijos. Sancho cargaría contra León para intentar reunificar el reino de su padre y acabaría firmando una paz con Alfonso, tras la cual juntos invadirían Galicia, deponiendo a García y proclamándose reyes conjuntos. Alfonso contactaría con Bellido por lo que pudiera pasar en un futuro. En el sexto, tras varios años de paz, Sancho vuelve a la carga y conquista León. Durante el Cerco de Zamora, Adolfo Bellido asesina a Sancho y Alfonso se convierte en Rey de Castilla, León y Galicia. Y ya en el séptimo tomo tendríamos el episodio de la Jura de Santa Gadea, en el que el Cid haría declarar a Alfonso VI que no tuvo nada que ver con la muerte de Sancho, pasando por fin el protagonismo de la obra al titular de la misma y comenzando aquí el Destierro.

el cid estatua alfonso

Alfonso VI, «el de la Jura». Estatua en el Paseo del Espolón, Burgos.

La labor de documentación es espectacular, tanto a nivel gráfico como documental. Por supuesto, el Cantar de Mio Cid está presente, pero también la Historia Roderici. Y la obra de Menéndez Pidal, o incluso El Cid, la película de Anthony Mann protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren.

Pero si el nivel de detalle argumental es minucioso, el visual no lo es menos. Este Hal Foster patrio nos recrea una sociedad medieval totalmente sólida, creíble dentro de la dificultad de obtener material de referencia, recordando por momentos a pintores como Marceliano Santa María o Vela Zanetti.

el cid y doña jimena de marceliano santa maria

El Cid y Doña Jimena, por Marceliano Santa María. Sala de Poridad del Arco de Santa María, Burgos.

Sí, cierto. Este integral recopila una obra incompleta, y, finalizada aquí, quizás hubiera sido un título más correcto «El Infante Don Sancho», pero es un material espectacularmente sólido, tanto en guión como en arte. Si hubiera sido completada, podríamos estar hablando de la obra definitiva del cómic nacional. Y aún así, es un álbum apasionante, y una obra que me ha descubierto a un autor del que quiero saber más.

el cid pagina

Si quieres ver alguna página de esta obra, la editorial ha colgado varias en este enlace.

Compartir:
Enrique Acebes

Enrique Acebes

Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

Facebook Auto Publish Powered By : XYZScripts.com