Médica humanitaria en misiones de paz durante diez años y esposa, madre, hermana e hija. Esas son Las dos vidas de Penélope a las... Las dos vidas de Penélope

Médica humanitaria en misiones de paz durante diez años y esposa, madre, hermana e hija. Esas son Las dos vidas de Penélope a las que alude el título de esta obra editada en España por Astiberri. Un título en el que el tiempo va abriendo una brecha cada vez mayor entre ambas vidas y la propia protagonista se ve cada vez más desubicada. Judith Vanistendael, autora de Los silencios de David o Salto, vuelve a librerías con una obra que reflexiona sobre la vocación médica, sobre la mella que produce la medicina humanitaria o de guerra sobre el profesional.


Vanistendael comienza la obra con toda una declaración de intenciones, planteando dos líneas argumentales simultáneas en dos filas de viñetas. En la primera, su hija tiene su primera regla, y tendrá que recurrir a su abuela para que la ayude y asesore, puesto que su madre no está en casa. En la otra, vemos a Penélope en Alepo, Siria, durante una de sus misiones humanitarias intentando salvar la vida de una niña que ha sido alcanzada por una bala o una explosión. Ese paralelismo es la base de toda la obra, mostrando las dos vidas que lleva la protagonista.

Pero una vez finalizada su misión, Penélope vuelve a casa. Y ahí es donde más salta a la vista que son vidas cada vez más distantes. Penélope se encuentra extraña en su propia casa, se da cuenta de cómo se aisla de ciertos problemas y los considera ajenos, a pesar de que son su familia. La familia no puede ser más comprensiva y cariñosa, no estamos ante un marido o hijas que guardan rencor a su esposa/madre por la vida que ha decidido. Todo lo contrario. No quiere decir que no la echen de menos, pero es cierto que hay dinámicas familiares inevitables, especialmente en lo que respecta a la hija, que ve en su padre la figura de referencia y su principal fuente de cariño, algo en lo que Penélope repara como algo que ya es así, aunque no se haya dado cuenta del proceso que ha llevado a ello.


Además, Penélope trae de Alepo su propio fantasma. La chica a la que no ha podido salvar la vida la acompaña en su equipaje, un recurso que Vanistendael utiliza para mostrar los fantasmas que cualquier sanitario arrastra durante su carrera. No son fantasmas negativos en el sentido de remordimiento por algo que se ha hecho mal, es simplemente una representación de la conciencia. El sanitario, a la hora de ejercer su profesión, tiene que enfrentarse a decisiones, que pueden ser acertadas o no, y pueden dar todo y no conseguir ayudar al paciente. Con este fantasma se representa esa conciencia, esa necesidad de rumiar casos una vez finalizada la jornada laboral y que puede acompañar durante mucho tiempo.

El dibujo de Vanistendael es sencillo, y cuenta con un coloreado en acuarela que lleva la gran mayoría del peso artístico de la obra, consiguiendo aportar confusión a ciertas escenas, remarcar ciertos elementos para centrar en ellos la atención, e incluso servir de elemento de separación de viñetas como en una doble página con reflexiones de Penélope en las que el fondo está coloreado a viñetas alternas dibujando un ajedrez que funciona como elemento diferencial para evitar el aburrimiento visual.

Es un dibujo que usa el color de manera muy artística, recordando mucho al de su compatriota Brecht Evens (Pantera). Es un estilo muy similar, en el que el dibujo es muy sencillo y el papel del color es fundamental a la hora de representar ciertos elementos. Es el caso aquí del fantasma, representado con un color rojo vivo que solo vemos en la regla de la hija de Penélope y que nos anuncia siempre la presencia de esta niña silenciosa que acompaña a la médica.


En definitiva, Las dos vidas de Penélope es una obra que sugiere mucho más de lo que cuenta. Nos muestra escenas que nos hacen recapacitar, pero no vamos a ver esas ideas explicitadas en forma de diálogos que echen en cara cosas o que hablen directamente de la fractura creciente entre esas dos facetas de la vida de la sanitaria. Además, no se presentan conflictos en forma de discusiones, la familia (salvo, tal vez su hermana) no le echa nada en cara, simplemente demanda que tome un papel más presencial en la familia, como cualquiera podría esperar, pero se muestran comprensivos en cuanto a su decisión de mantener esa labor humanitaria. Una obra con muchas capas, que concede al lector la presunción de inteligencia para comprenderlas por sí mismos, y con metáforas que atraviesan todas esas capas como una lanza.

Lo mejor: No trata al lector por tonto y deja mucho a su interpretación. El coloreado con acuarelas tiene un peso muy fuerte en la narración.

Lo peor: La moraleja que deja es creíble y real, pero demasiado amarga.

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Alejandro Martínez

Alcalde no electo de Star City. Conocido en determinados círculos como "El páharo". Era el único que justificaba sus artículos en esta web, pero los caciques que la dirigen me han obligado a dejar de hacerlo... Sniff sniff.

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