Los tics que caracterizan el cómic superheroico de los año 90 no llegaron de golpe. De hecho, no llegaron a la vez a todas... Colección Jim Starlin 7. La Guerra del Infinito

Los tics que caracterizan el cómic superheroico de los año 90 no llegaron de golpe. De hecho, no llegaron a la vez a todas las líneas editoriales. Las permanentes poses molonas, los dientes apretados, la ultraviolencia y los personajes clónicos fueron llegando poco a poco entre los últimos años de los 80 y los primeros de los 90. En Spiderman, por ejemplo, aunque el noventerismo alcanzó su máximo esplendor durante la Saga del Clon, empieza a mostrar sus primeros síntomas en Amazing Spider-Man #298, de 1988, con la llegada de Todd McFarlane y la presentación de Veneno. En la franquicia mutante, empieza a dejarse ver con el desembarco de Rob Liefeld en Los Nuevos Mutantes a principios de 1990 y explota con la aparición de X-Force en el verano de 1991. Y en el Universo Marvel en general, La Guerra del Infinito, de 1992, es el primer gran crossover noventero de la editorial.

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La guerra del infinito

Cuando Adam Warlock se hizo con el Guantelete del Infinito, ya había visto que la omnipotencia no estaba hecha para las mentes mortales. Cuando Thanos la tuvo brevemente, aniquiló a la mitad de los seres vivos del universo, en base a un desquiciado amor por la Muerte y una tremenda borrachera de poder. Para evitar caer en ese mismo error, Warlock expulsó de su interior a su parte buena y a su parte malvada, buscando convertirse en un ser de pura lógica capaz de gestionar la omnipotencia de forma coherente. El problema es que, como se vio en los meses posteriores a la edición original del Guantelete y veremos aquí en el próximo tomo, Adam ya no es omnipotente, pero sus dos resíduos morales aún siguen sueltos. Uno de ellos, la mitad malvada, es el Magus. La otra… a la otra la (re)encontraremos en próximas entregas. En La Cruzada del Infinito, para ser más exactos.

Ya nos habíamos encontrado previamente con un personaje relacionado con Adam Warlock llamado Magus. Como pudimos ver en La saga de Thanos, el Magus era una versión corrupta de Warlock que venía del futuro, de color morado y con peinado afro. Pero el futuro del que venía el Magus fue eliminado, con lo que el Magus que veremos a lo largo de estas páginas no es exactamente el mismo Magus clásico. Este Magus, que mantiene el color pero ha cambiado el afro por un man bun veinte años adelantado a su llegada en el mundo real, es la materialización del mal que había en el héroe dorado. Y como ser malvado que es, busca la omnipotencia que su creador perdió. Al principio, mediante cubos cósmicos, pero también intentará volver a controlar el Guantelete. ¿Que ha sido la fuente de un buen puñado de catástrofes? Bueno, como si a alguien que es esencialmente el mal encarnado le importara mucho…

Realmente, todo el planteamiento de esta historia no es más que una excusa para el gran plan del Magus: crear duplicados malvados (con sus correspondientes dientes hiperbólicos) de los héroes del Universo Marvel y ponerles a repartir mamporros. No, no tendremos las reflexiones filosóficas sobre la omnipotencia y el abuso de poder que había en la parte anterior. No tendremos metáforas sobre los puntos de vista de Starlin sobre política y religión como había en su obra en los años 70. No tendremos ataques velados a tiranos dentro de la industria del cómic. La Guerra del Infinito es un blockbuster veraniego de mamporros. Sí, ciertamente tendremos a Warlock y a Thanos con sus habituales planes dentro de planes y sus jugadas a diez movimientos vista, pero el eje de la Guerra es la acción y, para qué negarlo, el molonismo noventero.

Respecto a la pareja creativa, Jim Starlin y Ron Lim, hay que señalar un par de cosas de ellos. Del guionista diremos que, incluso siendo ésta una de sus historias menos profundas del ámbito cósmico, nadie como él ha sabido escribir a Thanos, su gran creación, y a Adam Warlock. Y del dibujante, que aunque no esté a la altura de George Pérez (no muchos lo están), hace un trabajo mucho más correcto y depurado que en los números que firmó del Guantelete. El ser un trabajo planificado desde el primer momento en lugar de una sustitución de urgencia ayuda, la verdad.

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Los cruces

Como ya comentamos en anteriores entregas, pocos personajes pudo utilizar Starlin en El Guantelete del Infinito. Visto el éxito (y la calidad) de la primera parte de la saga cósmica, en esta ocasión tuvo a su disposición a prácticamente toda la plantilla de la editorial. Así, podemos ver en estas páginas a la práctica totalidad de la franquicia mutante (hasta el Factor X de Peter David), a todos los equipos de Vengadores de la época, a los 4F y a… a todo el mundo, vamos, hasta Alpha Flight.  En cambio, colecciones con tie-ins de este evento hubo un total de dieciseis, bastante intrascendentes la mayoría de ellos e innecesarios para la comprensión de la historia, salvo quizás los nímeros 7 al 10 de Warlock y la Guardia del Infinito.

El orden de publicación

La Colección Jim Starlin tiene un importante fallo de planificación en este punto. Los primeros seis números de la colección Warlock y la Guardia del Infinito, donde se cuenta cómo y por qué el Guantelete ha sido desmontado, quién se ha llevado cada gema y cómo han llegado a la Isla de los Monstruos, fueron publicados por Marvel en el tomo Infinity Gauntlet Aftermath junto con los números 60 al 66 de la Estela Plateada de Ron Marz. Tras lo visto en ellos, empieza la Guerra del Infinito, con la Guardia ya establecida como grupo y con la omnipotencia de Adam Warlock en el pasado.

La edición de Panini incluirá estos seis números mencionados en el tomo 8, junto con los números 7 al 10, los cruces con la Guerra. Así, la lectura correcta sería Tomo 6-Tomo 8 (números 1 al 6)-Tomo 7-Tomo 8 (números 7 al 10).

En resumen…

La Guerra del Infinito, aún teniendo un título muchísimo más molón que El Guantelete (por algo se eligió este nombre para la última película de Los Vengadores), no llega al nivel de su predecesora. Ni sorprende tanto, ni la historia está tan inspirada ni tiene los impresionantes lápices de George Pérez de su primera mitad. Aún así, es una historia razonablemente entretenida, quizás más alargada de lo que era necesario, y tremendamente palomitera. No profundiza tanto en los planteamientos metafísicos del Guantelete y se centra en contar una historia de acción, y en ello funciona a la perfección.

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Enrique Acebes

Enrique Acebes

Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

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