Que Milo Manara es uno de los grandes autores de cómic es algo que nadie va a negar a estas alturas. Su dominio de... Caravaggio, de Milo Manara

Que Milo Manara es uno de los grandes autores de cómic es algo que nadie va a negar a estas alturas. Su dominio de la anatomía, masculina y femenina, su trazo, su color, su composición… poco hay que se le pueda criticar. Sin embargo, el hecho de que el género en el que más ha trabajado haya sido el erótico ha hecho que se le tenga un tanto encasillado. Y sí, ha firmado obras como El Clic, El perfume del invisible o Gulliveriana, pero también tiene en su haber obras de temática socialmente más aceptada, más elevada -ejem- y apta para un público más amplio. Ahí podríamos hablar de Revolución, de la reciente Los Borgia, de la historia que ilustró en el Noches Eternas de Neil Gaiman… o de su obra más reciente, la biografia del pintor barroco italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio.

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No es la primera vez que Manara da muestras en su obra de su interés por la pintura clásica, ya en Camino oculto: Las aventuras urbanas de Giuseppe Bergman paseó a su protagonista por obras de Tintoretto, Manet o Botticelli. Ahora, en su última obra, se ha centrado en la vida y obra de uno de los pintores que, según el propio autor, más le ha influido en su carrera.

Sí, vida y obra. Caravaggio, el cómic, rinde tributo tanto al artista como al ser humano. Al pintor revolucionario y al rebelde que estaba constantemente metido en peleas y relacionado con prostitutas. En la parte artística, tenemos recreaciones del proceso creativo de varias de las obras más conocidas del pintor italiano y su interpretación en los lápices y pinceles de Manara. En la parte personal, en base a algunos datos de la época y rellenando huecos con interpretaciones del autor, tenemos la vida de un personaje conflictivo, dado a dejarse llevar por la ira y a acabar en duelos de espadas, que quiso democratizar el arte, entregárselo al pueblo en lugar de a la Iglesia y a los poderosos. El Caravaggio aquí retratado, del que nos cuenta su vida desde su llegada a Roma en 1592 buscando ganarse la vida como pintor hasta su muerte en 1610, es un protorrevolucionario siglos antes de que existiera la idea de la revolución popular, y aunque se toma ciertas licencias literarias, están retratados episodios de la vida del pintor perfectamente documentados, rellenando Manara los huecos de forma, aunque imaginada, plausible y coherente.

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La admiración que Manara profesa por Caravaggio, sin embargo, hace que se aproxime a esta obra quizás con demasiado respeto. La estructura biográfica de la obra es quizás demasiado formal, demasiado académica, y aunque presente un retrato psicológico de un personaje muerto siglos atrás, a veces da la sensación de estar contando un relato más estándar de lo esperado en un autor considerado polémico en ocasiones, romantizando la vida de su protagonista un poco más de la cuenta en ocasiones. Por otro lado, varios de los tics habituales de Manara están presentes en esta obra. En ocasiones, la presencia de desnudos femeninos, aunque sea marca de la casa, resulta un tanto forzada, quizás hasta artificial. En determinados momentos, la sensualidad habitual en la obra de Manara entra en las reproducciones que el autor hace de los cuadros originales, pero en cierto modo, tiene sentido. Lo que tenemos aquí no es a Manara copiando los cuadros de Caravaggio, sino reinterpretándolos.

Judit y Holofernes Caravaggio

Judit y Holofernes, obra original de Caravaggio

Quizás no sea la obra más inspirada de la carrera de Manara, pero sí que estamos ante una delicia visual a la altura de lo que nos tiene acostumbrados este autor. Muy recomendable para todos los lectores que disfrutan de su arte más allá de sus obras eróticas, y, por supuesto, para todo aquél que se emocione con la obra de Caravaggio.

La carta de Manara a Caravaggio

En la edición italiana original de esta obra, Manara le escribió una carta al protagonista de su obra. Esto es lo que le dijo.

Maestro Michelangelo Merisi,

Soy un dibujante de cómics.

Hace muchos años, en los exámenes de madurez artística, el profesor señaló con el índice la portada del libro de Historia del Arte y me dijo: «Hábleme de esto». En la portada estaba su Cesto con frutas.

Bueno, causé una gran impresión: lo sabía todo sobre usted. Al menos todo lo que un estudiante podía saber en ese momento. Siempre he tenido una auténtica veneración hacia usted, y luego estaba ese asunto de las iniciales: mira, Maestro, tengo sus mismas iniciales.

Sí, más tarde supe que incluso Mario Minniti los tenía, pero en ese momento aún no había oído hablar de él. En resumen, por una razón u otra, en mi panteón personal, siempre ha ocupado el asiento más alto. Lo bueno es que, mirando mis dibujos, uno no podría decirlo.

Estas son cosas que suceden. Por ejemplo, sin querer hacer comparaciones, por el amor del cielo, incluso el gran Rubens, Pieter Paul Rubens, lo admiró enormemente, pero su pintura estaba tan lejos de la suya como podría imaginarse.

Era muy diferente de usted en todos los sentidos: era elegante, frecuentaba la Corte, amaba la buena vida y las damas bellas y perfumadas, sin embargo, fue él quien luchó como un león para salvar su Muerte de la Virgen de arder. Usted también vestía elegantemente, de negro. Pero usted se puso la misma ropa hasta que se hizo pedazos. Ahora, debe saber que me permití recontar su vida, sobre su estancia en Roma y que también planeo contar los años siguientes, después de ese desagradable asunto con ese imbécil de Ranuccio Tomassoni. La mía es una historia hecha con dibujos y sé bien que nunca sintió mucha simpatía por los dibujos: le pido que me perdone por esto, pero eso es todo lo que logré hacer. Piense en lo extraño, Maestro: me dirijo a usted como si fuera mayor que yo, aunque, de hecho, soy mayor, mucho mayor que usted. Es extraño, ¿no?

Pero el verdadero propósito de mi carta es pedirle que confirme un cierto episodio.

Entiendo que su colega Orazio Gentileschi le prestó un par de alas grandes, las que pintó en los hombros del ángel en el Descanso en la huida a Egipto. Luego, para devolvérselas, fue al estudio de Gentileschi con esas grandes alas sobre los hombros en la noche, y se encontró con Felipe Neri, muy viejo por entonces, con su equipo de niños pequeños, que andaban cantando y bailando, con platillos y panderetas. Un poco como hoy hacen los que llamamos Hare Krishna.

Ahora, imaginé esa escena: San Felipe y sus niños pequeños que ven una gran sombra deslizándose en una pared, con esas enormes alas. Seguramente pensaron que estaban en presencia de un ángel. Los niños, seguro. Y quizás Felipe Neri también. Le pido confirmación porque algunos eruditos muy eminentes aquí afirman que usted no pudo conocer a Felipe Neri, ya que el santo murió en 1595, mientras que usted llegó a Roma en el 97. Es cierto que el primer documento que habla de usted en Roma se remonta al 97, basado en el testimonio de ese barbero que le dio una capa recolectada en la calle, pero esto no excluye en absoluto que haya llegado a la ciudad cinco o seis años antes: simplemente, desde el ’91 o ’92, no dio ninguna razón para nombrarse en las crónicas o en los minutos de los cerveceros. Tal vez se portó bien durante los primeros años.

Sí, conociéndole, parece casi imposible, pero Giovanni Baglione (Gioan Coglione, como lo llamaste) escribió que usted tenía aproximadamente veinte años cuando llegó. Sin embargo, ¿qué te dijo Felipe Neri cuando te vio a ti y no a un ángel? Espero su respuesta, siempre y cuando no le haya aburrido demasiado. Beso sus santas manos, Maestro.

Su siervo,

Milo Manara

 

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CARAVAGGIO 2.LA GRACIA
Milo Manara and Norma Editorial
Precio: EUR 17,10
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Caravaggio 2: La gracia, de Milo Manara
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Enrique Acebes

Enrique Acebes

Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.

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