Corría 1992. El legendario para unos e infame para otros Rob Liefeld acababa de abandonar Marvel en busca de su propio proyecto con algunos... 100% Marvel HC. Cable: Sangre y Metal

Corría 1992. El legendario para unos e infame para otros Rob Liefeld acababa de abandonar Marvel en busca de su propio proyecto con algunos de amigos. Juntos montarían algo llamado Image Comics o algo así.

Como baja colateral, una de sus más célebres creaciones se quedaba huérfana. Por aquel entonces aún le quedaba un trecho para ser Nathan Summers y, aunque empezaba a sonar aquello de Dayspring, todos los conocíamos como Cable. Con mucho camino aún por andar, sabíamos de él poco más que el hecho de tener un pasado misterioso (como cualquier personaje molón de los 90 que se precie), gatillo fácil incluso para el inmanejable tamaño de sus armas y la actitud más badass que era posible imaginar. Aquí es donde entra Cable: Sangre y metal.

Aunque no participó en su creación, Fabian Nicieza fue el guionista que amamantó a este bebé de brazo biónico cambiante y ojo brillante. Con Liefeld fuera de juego era su momento de hacer suyo el juguete y empezar a construir algo de ese pasado misterioso que hasta entonces era poco más que una entelequia puesta ahí para molar. Junto con un John Romita Jr. que se comía con patatas a cualquiera de los huidos a Image, Nicieza nos daba en Cable: Sangre y metal una historia en dos tiempos (pasado y presente) . Visitaremos una misión de lo que fuera primero el Grupo Salvaje y más tarde la Media docena, que tendrá relevancia en el futuro de Cable y su archienemigo Dyscordia y que sentará las bases de obras futuras como La Canción del Verdugo o Cíclope y Fénix: Luna de miel.

Supongo que tras los antecedentes y una somera sinopsis, a casi nadie tengo que contarle qué tiene que esperar de un tebeo llamado Cable: Sangre y metal. Hablamos de una época donde todo se titulaba con bloodesto, bloodaquello o nosequéblood y, en la parte del metal, más allá de la referencia al brazo del prota o a los de su enemigo/amigo Garrison Kane, esta serie es puro rock and roll. Cable: Sangre y metal tiene todo lo mejor de lo peor de los noventa. No faltarán las splash pages, los pistolones, las hombreras, los pasados misteriosos (a ser posible con algún tipo de culebrón familiar), los malos masillas, el maniqueísmo heredero de la Cannon, un cupo de oneliners por diálogo para esos personajes que bebían del John McLane de La Jungla o del Dutch de Depredador… un canto al “Amarás el molonismo sobre todas las cosas” que de no estar en una historia de Cable como ésta resultaría decepcionante.

Es curioso como en Cable: Sangre y metal encontramos todo lo rancio de los 90, pero gracias al buen hacer de Fabian Nicieza y John Romita Jr., sobrevive como una lectura francamente disfrutable, cosa que la mayoría de sus contemporáneas y compañeras de corriente no pueden decir. No nos engañemos, este tomo está lleno de momentos absurdos como que entre entre el desfile de modelos (Cable cambia de traje casi a cada escena) encontremos uno con superhombreras y pantalones cortos para la selva y que aún así no es el traje más delirante y antifuncional del tebeo (creo que el mérito es de Dyscordia). Nos podemos reír de los ala delta que en los 60 y 70 fabricaba Spiderman con sus lanzarredes, pero en este tebeo el brazo biónico de Cable sirve para todo. Obviamente no puede faltar la pelea entre héroes (o más bien antihéroes badass) por un malentendido. Terroristas mutantes, iraníes, soviéticos, ninjas… todo vale. Es importante saber en qué registro nos movemos con Cable: Sangre y metal, pero con una buena dosis de suspensión de la incredulidad, una pizca de nostalgia y sobre todo, ganas de pasarlo bien, este tomo es un disfrute mayúsculo.

Resulta hasta turbador cómo John Romita Jr. es capaz de coger todos esos vicios noventeros y brindarnos energía pura. En aquella época de splash pages por contrato, lamentablemente la habilidad de la mayoría de los dibujantes las convertía en una colección de poses totalmente gratuita. Romita Jr. toma la idea inicial y sus personajes se te abalanzan como una estampida. Las deformaciones o la desmesura imposible de los trajes y las armas no responden en este caso a una falta de conocimiento de anatomía o física por parte del dibujante sino que convierte a sus héroes en titanes del exceso por encima de las leyes de la razón. Todo esto se ve favorecido por un Dan Green muy prolífico en los 80 y 90 del nada se sabe apenas hoy día. Su pincel sucio, rotundo y vigoroso fue fruto de polémica en alguna ocasión, pero en el caso de John Romita Jr. ningún entintador (salvo quizá Klaus Janson) ha conseguido dotar a sus lápices de la energía de la tinta de Green.

Tal vez el final de este Cable: Sangre y metal no tenga la potencia del principio (el molonismo no puede durar para siempre), pero la serie termina a tiempo y deja el testigo a una futura serie regular que no aguantaría el ímpetu de esta especie de piloto, que hoy día sigue valiendo la pena.

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Cable. Sangre y metal
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Precio: EUR 13,30
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Cable: Sangre y Metal
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Alain Villacorta "Laintxo"

Fue picado por un cómic radiactivo y ahora ve el mundo a través de viñetas y tiene el sentido de la realidad proporcional de un tebeo. No os preocupéis, no es peligroso... creo...

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