La Espada de Orion: Salón hoy, hambre para mañana
Ya sabemos que en este tipo de blogs estamos ahora en temporada de escribir todo tipo de posts sobre el Saló de Barcelona, pero el asunto es que esta sección más que por su rigurosidad en las crónicas, se caracteriza por una cierta manía en indagar en que tripa se me ha roto cada semana con respecto al mundillo y es que hasta el Saló se puede indigestar.

No hay duda, de todos modos, en que este evento es un disfrute para el aficionado: Grandes autores llegan de allende los mares, un gran pabellón se llena de tebeos (algunos hasta gratis), se nos da la oportunidad de ver en vivo y de cerca las obras originales de nuestros artistas favoritos, los medios difunden por doquier el cómic a través del saló, gente de todas partes de la geografía española se da cita… es por lo menos prometedor, ¿no?
Pero claro, luego damos la vuelta a la moneda y vemos la cara mala y es entonces cuando nos topamos con las interminables colas para conseguir un dibujo, la consabida ruina que provocan en nuestros bolsillos las enormes cantidades de novedades, los medios dan muchas veces una imagen un tanto patética del mundillo y la gente… bueno, pues de alguna gente venía a hablar.
Hace ya algún tiempo que ni se me pasa por la cabeza ir al Saló a conseguir dibujos. Mi propia experiencia me dice que si ese es el objetivo te pasarás un fin de semana esperando colas. El verdadero motivo por el que me gusta el Saló es por lo que opino que fue creado originariamente. Un evento de este tipo es un punto de encuentro entre los aficionados al medio y si hablamos de Barcelona, la convención más importante y antigua de cuantas tienen lugar en España, la reunión es aún mayor. El motivo de disfrute es ver a toda esa gente con la que coincides prácticamente una sola vez al año, descubrir y contar chismorreos sobre el mundillo (inocentes en su mayoría), charlar de vez en cuando con algún profesional y descubrir que son algo más que una firma en un tebeo y soltar en una sola conversación cuantas referencias frikis se te pasen por la cabeza sin que nadie te mire raro (un desahogo, la verdad). Si seguís esta línea os aseguro que cada año será mejor que el anterior.
Pero, como decía Maki Navaja, “es que siempre tiene que haber algún gilipollas”. En esta categoría entrarían todos los divos de salón. Y es que aunque presumamos del buen rollo imperante en la comunidad comiquera, el ombliguismo es aun mayor. Por desgracia, existe un sector de nuestra pequeña comunidad que aprovecha estos días del año para ser alguien. No entraré en detalles, pero todos sabemos que hay quien desaprovecha este tipo de reuniones para intentar colarse en algún tipo de hipotética alta esfera.
Quizá los profesionales no compartan conmigo este punto de vista, pero casi se podría decir que el salón es para ellos trabajo. No nos creamos profesionales, caballeros. Los que no cobramos por esto no seremos más que nadie por orbitar a los pros. Desgraciadamente si este tipo de divismo da la sensación de que no quedáramos más que unos pocos aficionados en el saló. Este mundo es tan pequeño que una leve posición parece significar algo.
Casi parece que tuviera algún tipo de resentimiento por alguna experiencia vivida allí y os aseguro que no es así, me lo he pasado como un enano, pero es este el tipo de sensación que te reconcome aunque no sufras en tus carnes. Todos deberíamos tener claro dos cosas: primera: profesional es el que se gana la vida con ello (y por algo será) y segunda: el saló solo dura unos días y luego cada mochuelo volverá a su olivo… y será el mismo mochuelo de siempre.
Qué a gusto me he quedado…


